El cante de la moza. Escena de taberna
Angel María Cortellini Hernández

El cante de la moza. Escena de taberna

1846
  • Óleo sobre lienzo

    40 x 31 cm

    CTB.1995.138

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga

En 1846, el mismo año en que Cortellini firmaba en Cádiz esta pintura también conocida como Majos de Triana y Toreros con una guitarrista, se publicó en Londres Gatherings from Spain, que completaba la obra A Handbook for Travellers in Spain que Richard Ford, observador sagaz e implacable de la España de la época, había dado a la imprenta un año antes y que gozó de enorme difusión entonces. Ese espléndido libro de Ford todavía hoy sirve como una de las imprescindibles fuentes para el estudio de la percepción de nuestro país en ese momento. En la obra se describen las habitaciones de fondas, tabernas y ventas que conoció el viajero, y que no distan mucho de la que puede verse en el cuadro: «las paredes, por lo general, están sencillamente enjalbegadas; los irregulares suelos, de ladrillo, se suelen cubrir de estera de esparto». Aunque en ese escrito público era ciertamente comedido, se mostraba menos atenuado en una carta enviada a su amigo Addington, embajador inglés en Madrid, sobre las mujeres de Sevilla: «con escalofríos, incómodas, envueltas en sus chales, (están tumbadas) en sus grandes casas, como graneros no amueblados. Una estera y unas pocas sillas forman el inventario de sus bienes muebles». En la escena, ambientada casi al dictado de esas palabras, se ve a varios personajes que se divierten entregados a uno de los espectáculos cotidianos que sorprendieron y fascinaron al escritor inglés: el de las sobremesas, costumbre típica del país. En efecto, una joven toca la guitarra sentada en el centro de la taberna, mientras una anciana parece vigilarla, dada la presencia de dos hombres, uno de pie, a sus espaldas, y el segundo sentado a su izquierda, que la mira de manera solícita y que ella parece atender.

Ford justifica así lo que parece verse en el cuadro: «para poder sentir el encanto de la guitarra y de las canciones españolas ha de oírse a una vivaracha andaluza, esté o no adoctrinada en el arte; ellas manejan el instrumento como la mantilla o el abanico; dijérase que forma parte integrante de su ser y que tiene vida, pues realmente todo ello requiere una gracia y un abandono que no es fácil hallar en las mujeres de climas del norte o de zonas más encorsetadas».

El estilo característico de Cortellini en su primera etapa –esta pintura se viene considerando la más temprana conocida– es de modelado rotundo y dibujado, y en ella asoma tímidamente la perfección técnica que años después, instalado ya en la corte, le proveyó de una discreta pero suficiente clientela. La exquisita sutileza del color de los vestidos de la bella guitarrista, o el pulso primoroso con que describe sus alhajas, la facilidad con la que están ejecutados los trajes de los majos, recreándose en los detalles más atractivos de su tipismo, así como el desenvuelto manejo de sus poses, sueltas y flexibles, mitigan algunas debilidades de perspectiva como la del respaldo de la silla o la descuidada factura del perfil de la anciana.

Enmarcada por el alféizar de la ventana, como un cuadro dentro de un cuadro –de hecho es el más importante elemento de decoración de toda la estancia–, puede distinguirse perfectamente la más significativa construcción sevillana, la catedral hispalense, con la Giralda a un lado. Esta vista de Sevilla desde la ventana, original recurso de composición empleado por Cortellini para enfatizar el carácter andaluz de su obra, coincide perfectamente con la visión que en ese momento muchos lienzos andaluces ya popularizaban por toda Europa, de la mano de los viajeros que se los llevaban como recuerdos de sus jornadas andaluzas, o de comerciantes que los compraban en Sevilla y en Cádiz para venderlos en el extranjero.

La obra, seguramente compañera de otra escena de taberna del mismo autor junto a la que ingresó en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, fue litografiada por Federico González para la Revista Médica de Cádiz, conservándose un ejemplar en el Museo del Romanticismo de Madrid.

Carlos G. Navarro