Ruinas
Eugenio Lucas Velázquez

Ruinas

s.f.
  • Óleo sobre tabla

    25 x 19,5 cm

    CTB.2000.44

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Un pequeño convoy, compuesto por hombres caminando y en mula, llega al pie de unas ruinas. A pesar de las pequeñas dimensiones de esta tablita, los restos arquitectónicos están recreados con una contundente monumentalidad, que le confiere un carácter estrictamente literario a la concepción de la imagen, alejándola por completo de todo interés por la realidad. Atento a desarrollar una descripción emocionante y verosímil, Lucas ofrece algunos detalles de la vieja edificación que permiten comprender la ambientación de la escena. Para ello marca severamente la cantería de los tres arcos protagonistas, así como las ménsulas que decoran la cara interior del arco y el alfiz que lo remata, y los restos de yeserías en el paño de ese mismo muro, que evocan, a su modo, una construcción hispanomusulmana.

El pintor se valió hábilmente en esta pequeña obra de los recursos lumínicos que mejor supo manejar a lo largo de toda su carrera, centrando toda la atención del cuadro en los aspectos puramente paisajísticos de las ruinas. Aunque Lucas fue famoso sobre todo por sus imitaciones del arte de Goya, así como por algunas de sus variaciones sobre composiciones velazqueñas, también empleó como punto de partida el arte de su íntimo amigo Genaro Pérez Villaamil (1807-1854) a la hora de abordar por sí mismo lienzos de paisaje. Como hiciera su amigo, Lucas empleó marcados contrastes lumínicos que le permiten recortar aquí los tres vanos de las ruinas sobre el fondo, concediendo una presencia fundamental a esa parte de la construcción y oscureciendo el fondo del paisaje. También como Villaamil, empleó la presencia de nubes para dar énfasis a la composición. Sin embargo, la pincelada ancha y enérgica, de un vigor plástico que resulta genuinamente propio, recuerda lo mejor del arte del madrileño, que siempre hizo hincapié en su propia y reconocible gestualidad con el pincel, lo que le llevó a emplear simultáneamente en la ejecución material tanto las cerdas como el cabo del pincel, como sucede aquí. Así, los pequeños golpes de color que describen las figuras o los jugosos toques verdes del follaje que tapiza el edificio abandonado, manejados con su característica gracia dibujística, revelan una rapidez de factura que responde a la que dedicara en otros tantos ejemplos conocidos de su producción, aunque no siempre lo hiciera en formatos tan pequeños como éste, pensado para recoger una idea inmediata. En efecto, Lucas realizaba estas obras en muy poco tiempo, a veces incluso en sesiones que no superaban la media hora, como el célebre ejemplar del castillo roqueño que conserva el Museo Lázaro Galdiano, cuya composición, precisamente, comparte su modelo común con otra obra de Pérez Villaamil en esa misma colección.

Carlos G. Navarro