El Rosario de la Aurora
Eugenio Lucas Velázquez

El Rosario de la Aurora

c. 1860
  • Óleo sobre lienzo

    67,5 x 94,8 cm

    CTB.2000.49

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

En el claro de un desmonte, a las afueras de una población, las cofradías de dos procesiones del Rosario se enzarzan en una violenta pelea para hacer valer su derecho de preferencia de paso en sus respectivos itinerarios en la oscuridad de la noche, apenas rota por las tímidas primeras luces del alba. Devotos, monaguillos y penitentes luchan encarnizadamente, blandiendo como armas los faroles y los mástiles de los pendones, con los que amenazan y golpean sin piedad a los integrantes de la procesión intrusa.

Dentro de las tradiciones devocionales más arraigadas en la religiosidad popular española, se celebraban prácticamente hasta nuestros días con gran fervor y concurrencia las procesiones del Rosario dedicadas a la Virgen, casi siempre al amanecer o al caer la noche. En ellas, los cofrades enarbolaban los estandartes de las diferentes congregaciones marianas, flanqueadas por hileras de faroles y candiles, por lo que eran conocidas popularmente con los sobrenombres de «Rosario de la aurora» o «Rosario de cristal».

Así, este cuadro ilustra un pasaje de tintes casi legendarios, muy extendido entre la tradición popular, especialmente andaluza y madrileña, hasta dar lugar a uno de los dichos más recurrentes del refranero español, que se refiere a cualquier disputa o pelea violenta como «acabar a farolazos, como el rosario de la aurora». Parece lógico pensar que Eugenio Lucas retomara este pintoresco episodio de la tradición de su Madrid natal en que se localiza el suceso, precisamente en la calle del Rosario, aún existente, lindante con el convento y basílica de San Francisco el Grande. Así: «A esta calle daba una puerta de la antigua iglesia de San Francisco, por donde salía el famosísimo Rosario de la aurora. Parece que el hospital ó colegio de Santa Catalina también formaba otro Rosario, y una vez, encontrándose en la calle de los Remedios, que era estrecha (hoy plaza del Progreso), hubo de promoverse una cuestión sobre la preferencia de paso. Vinieron á las manos los cofrades, haciendo arma de los primorosos faroles que unos y otros llevaban, y produciendo un tumulto y alboroto que sólo la presencia de los Guardias valonas pudo contener. Enterados del suceso los alcaldes de Casa y Corte acudieron al Consejo, que suprimió la procesión».

Como resulta evidente, Eugenio Lucas vuelve los ojos una vez más hacia la obra de Goya, en la que tienen una importante presencia las escenas procesionales, de las que el genial aragonés siempre subrayó sus aspectos más dramáticos, crudamente reveladores de los extremismos –en ocasiones verdaderamente estremecedores– que aún hoy caracterizan muchos aspectos de este tipo de manifestaciones devocionales públicas, tan genuinas de la religiosidad española.

Por el contrario, Lucas se detiene en este caso en un paisaje particularmente anecdótico, consolidado por la cultura popular, precisamente por su carácter curioso y pintoresco, tan del gusto de los artistas románticos y la clientela de la España isabelina, que tendría también gran éxito en la pintura sevillana del último cuarto del siglo XIX, particularmente en los pinceles de José García Ramos (1852-1912), quien diera mayor fama a este episodio, en varias versiones conocidas de su mano sobre el tema.

En este caso, Eugenio Lucas intenta emular con la máxima fidelidad la estética goyesca, como puede advertirse tanto en su gama cromática como en la factura extraordinariamente enérgica y desenvuelta con que resuelve toda la composición, dejando la mayoría de las figuras apenas bosquejadas, contribuyendo así a subrayar la confusión de tan violento paisaje, espléndidamente plasmada su tensión dramática y el movimiento frenético e incontrolable de las masas, desenfrenadas en plena batalla campal. Pero, sobre todo, resulta especialmente interesante la interpretación que Lucas hace del paisaje, situando los grupos de cofrades a los lados de un espacio muy amplio del primer término, ante un caserío de volúmenes rotundos e imprecisos, que recortan sus imponentes perfiles ante un cielo rasgado de nubes negras; aspectos todos ellos de clara herencia goyesca, que contribuyen a aumentar los tintes dramáticos de la escena, envolviendo toda la composición con una técnica fogosa, de extraordinaria soltura y generosa de empastes, considerablemente atenuados sin embargo tras la forración del lienzo.

Prueba del éxito que este tipo de escenas de procesiones interrumpidas tuvo entre la clientela de Lucas, se conocen otras pinturas de argumento y composición muy semejantes atribuidas al artista, como las tituladas Resbalón inoportuno, Procesión en la aldea, Procesión atacada por un toro o Procesión con lluvia.

José Luis Díez