Mujeres en una ensenada junto a la playa
Guillermo Gómez Gil

Mujeres en una ensenada junto a la playa

s.f.
  • Óleo sobre lienzo

    27 x 38 cm

    CTB.2010.21

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Esta pequeña obra de Guillermo Gómez Gil se puede clasificar, iconográficamente hablando, tanto como una marina como una pintura de género, ya que la narrativa que se presenta en la obra posee un protagonismo que desvía la atención del espectador de la mirada interesada por los accidentes geográficos.

La acción de las mujeres que faenan en la ensenada sugiere una actividad de la cotidianeidad doméstica. Hay cestos, ropa, niños desnudos en el agua... que han sido captados con la intención de la instantánea. Toda la escena se mueve en esa clave de lo inmediato, sensación que se refuerza por el tratamiento pictórico.

En principio, la obra se concibe con la intención del apunte, del registro de una acción que ha atraído el interés del pintor. El toque es rápido, suelto y preciso, con economía del trazo para resolver la fijación del momento.

La paleta se somete a la jerarquía de la luz, ya que el pintor se interesa por ser notario de un color que pueda identificar una zona. Hay un brillo, una fuerza en la paleta que invita a pensar en un territorio, una costa, del norte, cuando los cielos se presentan relativamente limpios.

Hay que tener en cuenta que estamos ante una obra sin pretensiones, ligera, fresca, que no ha pasado por el filtro del estudio y el trabajo de un acabado que convierta al cuadro en una obra con pretensiones.

Se trata de un ejercicio de registro e interés por la sencillez de lo cotidiano y espontáneo, sin llegar a la condición de boceto pero que por la solidez de la anotación y el buen dominio de la captación de lo atmosférico se convierte en un testimonio de la profesionalidad del pintor. La naturaleza se imbrica con seguridad con la figura y la acción, y en ese equilibrio surge una composición fresca y sólida en cuanto a narrativa literaria y técnica. Pero de nuevo se descubre los condicionantes de una formación y la dependencia a un mercado.

La independencia de la mirada inmediata se pierde en el momento en que el autor gira la cabeza para encuadrar, para enmarcar unos elementos y equilibrar las formas situando el peso compositivo de la masa de las figuras con el de la barca y los otros personajes, que pesan no sólo por el volumen sino también por el color, compensación cromática también intencionada, en los marrones de la madera y de la indumentaria de una de las mujeres y como un instrumento de frescura y naturalidad los azules de las aguas, las estancadas de la ensenada, las libres del mar, de un azul más intenso y que hace pendant con los verdes de la débil vegetación.

La carencia de pretensiones del cuadro no lo convierte en una obra menor en la producción de Guillermo Gómez Gil, sino, sencillamente, en un trabajo de registro de reflexión compositiva y ante la naturaleza que le serviría para realizar otras miradas sobre ese territorio, otras vistas de esas costas que llevarán la misma intención de registrar la geografía española desde sus signos de identificación territorial según ese espíritu institucionalista, de la Institución Libre de Enseñanza, que proponía una renovación de la cultura artística española desde el paisaje, especialmente aquel con la personalidad de significar la diversidad de nuestra nación, con vocación de definición territorial.

Teresa Sauret Guerrero