En el mercado
Joaquín Turina y Areal

En el mercado

s.f.
  • Óleo sobre tabla

    26 x 17,5 cm

    CTB.1998.22

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Junto con el de la plaza de la Alfalfa –también pintado por Turina en otra tablita de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza–, el mercado que tenía lugar alrededor del postigo del Aceite, en el Arenal de Sevilla, a unos pocos metros de la Real Maestranza, fue uno de los más importantes de la capital hispalense durante todo el siglo XIX, al menos en lo que a su repercusión social se refiere. Aunque en Sevilla se edificaron desde muy pronto mercados cubiertos, eran estos otros los que se recomendaba visitar a los viajeros en las guías de forasteros, debido a lo pintoresco de su entorno, ya que, con las calles y las casas cuajadas de puestos de venta, conservaban el resabio de tipismo que interesó a los foráneos y, más tarde, a los propios sevillanos.

Debido a las medidas que tras la Primera República condujeron a la demolición de las puertas y murallas de la ciudad de Sevilla, sólo quedaron en pie tres de ellas, la puerta de la Macarena, una parte de la de Córdoba y el postigo del Aceite, conocido en el pasado como la puerta de Barcos, salvada por estar entonces habitada en su interior. El postigo se levantó, tal y como se conoce, sobre unas atarazanas almohades en 1573, como dice la lápida que hay intramuros de la fachada –que es la misma que puede apreciarse en la pintura, sobre el vano de la puerta– en la que se representa al rey san Fernando en compañía de san Isidoro y san Leandro. A la derecha del postigo se distingue, con sus portezuelas abiertas, la capilla de la Virgen Pura y Limpia, todavía hoy conservada.

En efecto, el rincón se hizo muy popular en la segunda mitad del siglo XIX, quedando inmortalizado en varias fotografías conocidas hoy. Dicha fama le vino dada precisamente por el bullicioso y típico mercado que rodeaba el postigo, y que las fotografías retratan de modo más realista que la pintura. Si la fotografía de Laurent1, realizada entre 1866 y 1875 no permite –seguramente debido a las limitaciones técnicas del momento– un desarrollo pormenorizado de los puestos, y por lo tanto es fotografiado como un monumento, más que como un muestrario de tipos regionales, un poco después, las fotos de Underwood y de Levy recrean las tiendas y puestos y, sobre todo, fijan su atención en la laboriosa actividad de los vendedores.

Joaquín Turina, que como uno de sus maestros, Wssel de Guimbarda, eligió rincones significados de la ciudad para ubicar en ellos simpáticas e intrascendentes situaciones cuajadas de sabor típicamente andaluz, resuelve la composición de forma sencilla, distribuyendo los puestos de venta a los dos lados y dejando un espacio en el centro para que transiten las figuras, deteniéndose de forma pormenorizada en la descripción de los pequeños detalles de cada rincón del mercado. Entre las industriosas vendedoras destacan especialmente dos mujeres, envueltas en llamativos mantones bordados, una con una cesta en la que acarrea sus compras y la otra con un exuberante pericón azul con el que se abanica.

Esta pequeña obra posee unas medidas muy similares a las otras dos tablas de Turina en esta misma Colección, lo que subraya su función de recuerdo para visitantes de esta ciudad, producidos en ese formato de manera constante y casi seriada, como puede deducirse de la escasa cantidad de obras conocidas de este autor.

Carlos G. Navarro