Plazuela sevillana
Joaquín Turina y Areal

Plazuela sevillana

s.f.
  • Óleo sobre tabla

    26 x 17 cm

    CTB.1998.23

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

En virtud de sus medidas, similares a las del resto de las tablas de este autor en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, podría suponerse que conforman todas ellas una serie, pero debe entenderse más bien que dicha homogeneidad obedece tan sólo a que estas pinturas, y otras muchas hoy dispersas, se producían en época alfonsina, por Turina y otros artistas, como souvenirs para viajeros que llegaban a la ciudad, de modo que en estas escenitas de tipismo urbano, ambientadas cerca siempre de monumentos notorios que las dotan de alguna entidad, se llevasen encerrada la quintaesencia de lo sevillano, de acuerdo con la definición que la ciudad había trazado de sí misma desde el primer romanticismo.

En un cruce de callejas del castizo barrio sevillano de Santa Cruz, se ambienta una escena en la que un oficial de artillería, vestido de gala, charla amigablemente con una muchacha envuelta en un vistoso mantón, mientras un vendedor de flores coquetea descaradamente con una pareja de jovencitas, ofreciéndoles un pequeño ramillete de los que lleva en su cesto para vender, delante de una fachada en la que se distingue una ventana con parteluz –repetida en otras pinturas de Turina–, sobre la que se ve una amena azotea, cuajada de plantas y flores, como las que tiene a la venta el florista al pie de la casa. Al fondo de la calleja, tras un recodo en el que puede verse un arco sobre una fachada, se divisa en la lejanía el campanario de la Giralda, que contribuye a la ubicación concreta de la escena, al tiempo que asegura la autenticidad de la pequeña tablilla como recuerdo genuinamente sevillano. En primer plano, junto a la muchacha que charla con el militar, puede verse, como detalle naturalista, un perro sentado en el polvoriento suelo de la calle.

La factura acuarelada de las figuras, que recuerdan en sus tipos a los del maestro sevillano José García Ramos (1852-1912), y la sutileza abocetada de los colores de las fachadas de la calle, que por medio del sombreado procuran un agradable y equilibrado relieve a la arquitectura del fondo, condensan en esta pequeña tablita la característica manera de trabajar del artista sevillano, de producción muy regular en lo que hasta ahora se conoce. Así, el detenimiento miniaturista con que resuelve cada pequeño detalle de la obra suple la vaga intrascendencia de su argumento.

De esta pintura existe una replica con variaciones del propio autor, de más discreta calidad, en colección particular. La variante es de concepción más panorámica y las construcciones adquieren un carácter ciertamente monumental en las que Turina no se maneja con la misma habilidad que despliega en los primeros planos del resto de obras de la Colección, y en la que ha añadido un animado puesto donde se sirven refrescos, a la izquierda de la escena, y en el que dos mujeres –cuya pose recuerda a la de la pareja femenina del lienzo de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza– charlan con un apuesto militar. La existencia de esta otra versión no hace sino confirmar la producción seriada de esta clase de obras, en las que la originalidad compositiva no es necesaria, lo que permite la simple repetición de los motivos.

Carlos G. Navarro