Paisaje al atardecer con dantzaris
Valentín de Zubiaurre

Paisaje al atardecer con dantzaris

s.f.
  • Oleo sobre lienzo

    44 x 59 cm

    CTB.2005.8

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Este pequeño cuadro de Valentín de Zubiaurre puede considerarse un arquetipo de la pintura regionalista vasca y, por extensión, del pueblo vasco de comienzos del pasado siglo. Obviamente, por el asunto representado, cinco dantzaris y un txistulari; además de por la caracterización fisonómica de todos ellos, especialmente «racial» en las cabezas, acentuada, aún más, en las mostradas de perfil. También, por supuesto, por el paisaje con los típicos caseríos entre los campos cultivados y las zonas arboladas, corriente en muchos de sus cuadros –por ejemplo, en el titulado En los prados (óleo sobre lienzo, sin fecha)–. Este cuadro costumbrista puede verse también como un pasaje bucólico –con lo que se idealizaría y mitificaría la vida rural tradicional vasca–, además de por el tema, por la quietud y el sosiego que trasmiten la gama cromática fría, la composición cerrada y la intemporalidad de los personajes, que se desprende de la manera peculiar con la que Valentín de Zubiaurre pintaba las figuras, hieráticas e inmóviles, y que, como en otras de sus pinturas, se adelantan y recortan nítidamente sobre el fondo, a pesar de participar de la misma tonalidad general. La visión frontal de los hombres y su adelantamiento enfatiza la creación de tipos, que para ese artista y otros regionalistas pertenecientes como él a la generación de Alfonso XIII devenían símbolos de la idiosincrasia del alma vasca.

Los troncos de los árboles de los extremos cierran la composición lateralmente; limitación horizontal del espacio frecuente en distintas pinturas del artista, conseguida otras veces mediante los personajes enhiestos y algunos elementos verticales, como remos o cruces, situados a ambos lados de la composición –como en Salida de las lanchas, uno de sus cuadros más populares–. Los cuatro dantzaris, descansando y el follaje de los árboles cierran respectivamente la composición por la partes inferior y superior, sirviendo unos y otros de compensación entre ellos. Las figuras, el valle y las montañas se disponen en tres franjas superpuestas de modo que, a pesar de la profundidad, la pintura es muy plana, otra de las características del estilo de Zubiarre, apartado del academicismo en el que se formó y del que se alejó definitivamente tras conocer las vanguardias europeas a raíz de su estancia en París, pensionado por la Diputación de Vizcaya en 1912. Al igual que la mayoría de sus pinturas, Valentín de Zubiaurre no fechó el cuadro, si bien, a tenor del estilo y temática, suponemos que debió de pintarlo después de la fecha indicada y antes de 1936.

Probablemente Valentín de Zubiaurre realizase este cuadro en el estudio, pues sabemos por quienes le conocieron que apenas pintó al aire libre, sirviéndose de apuntes tomados del natural y de dibujos de modelos vivos. Las posturas de los dantzaris, especialmente la del semirecostado del centro, no son únicamente realistas, como pudiera parecer a primera vista, ya que aparecen con frecuencia en otras de sus pinturas de la misma temática, como uno de los dantzaris de Romería vasca (óleo sobre lienzo, sin fecha) y otras aparentemente muy distintas, Desnudos (óleo sobre lienzo, sin fecha) en la que una de las bañistas adopta una postura similar, y en dibujos como < span class="em">Espatdanza (lápiz sobre papel, sin fecha); posturas vinculadas a la vez, por supuesto, a la representación de desnudos femeninos en la pintura occidental desde el Renacimiento.

Este cuadro es una de las obras de la producción de Zubiaurre en la que predomina más el colorido frío (azules y verdes, sobre todo), que fue otra de las características de la pintura del artista, a diferencia de la gama cromática cálida, preferida por su hermano menor Ramón, también pintor y como él sordo, aunque no mudo como Valentín, discapacidades que los dos compensaron gracias a su esfuerzo y a una educación esmerada, y con quien compartió éxitos y galardones, sobre todo en el período comprendido desde el final de la Gran Guerra y hasta la Guerra Civil española de 1936-1939. Colores fríos, apenas alterados por los cálidos de otras partes de la pintura, como en algunas de las carnaciones y especialmente en las jarras –objetos presentes, a modo de bodegón, muy habituales en su pintura, utilizados para compensar cromáticamente sus cuadros–, en el valle y en el cielo detrás de la sierra que se recorta al fondo en un horizonte alto, sobre todo en la puesta del sol que se oculta tras un collado. El cuadro está ejecutado con una pintura muy diluida, algo cargada en algunas zonas, que permite apreciar en algunas partes la imprimación clara, e incluso la trama del lienzo.

Ángel Llorente Hernández