Vendedoras de rosquillas en un rincón de Sevilla
Manuel Wssel de Guimbarda

Vendedoras de rosquillas en un rincón de Sevilla

1881
  • Óleo sobre lienzo

    107 x 81 cm

    CTB.1987.29

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Pareja de Lavando en el patio (p. *), su despliegue escenográfico está concebido con una intención decorativa más evidente, insistiendo en los detalles más coloristas y anecdóticos, por los que los cuadros de costumbres de este artista fueron apreciados en su tiempo. Así, como contrapunto al lienzo compañero, la escena tiene lugar en plena calle. Todo lo que en aquél respiraba la calma íntima y doméstica de una tertulia familiar, aquí se convierte en la charla bulliciosa de personajes apostados en la calle, y la sobriedad de la modesta arquitectura del patio se transforma aquí en una típica encrucijada de calles del casco antiguo de Sevilla, marcada por las esquinas de las fachadas oblicuas del caserío.

Así, en la confluencia de la calle de Conteros con la actual de Argote de Molina, unas gitanas tienen instalado su puesto de rosquillas, llegando a invadir la calzada con sus distintos aperos. A la sombra de la casa porticada galantea animadamente una pareja, sentada en torno a una mesa, viéndose detrás el pretencioso letrero de una barbería, en el que puede leerse: «Gabinete / De Afeitar y Cortar». En el chaflán contrario, una muchacha, coquetamente vestida con mantilla, mantón de flecos y unas flores en el pelo, charla con un aguador sentado en el poyete. Del portalón del fondo, resguardado del sol por un toldo, sale una mujer, seguramente una mendiga, con su pequeño dormido en brazos.

Como resulta evidente en la comparación de ambos cuadros, aquí Wssel se esmera todavía más en depurar su técnica, de dibujo preciso y analítico, insistiendo con una asombrosa capacidad de observación en los detalles más menudos esparcidos por toda la composición. Partiendo del pintoresquismo lleno de sabor con que Wssel despliega el caserío, casi como si del escenario de un sainete teatral se tratara, el artista logra detener la mirada en todos los objetos que integran la escena, comenzando por la noble arquitectura de la casa de ladrillo del margen izquierdo del cuadro, que tiene recogidas sus características persianas de esparto. Mucho más modesta, la casa del fondo muestra en su fachada un canalón sobrepuesto para el desagüe, aunque es en la casa de la derecha donde el artista se deleita con más detenimiento. De este modo, si se observa con atención puede llegar a leerse en el tablón de su fachada un cartel taurino y otros dos anunciando dos navíos de nombre «Segovia» y «Lafitte», seguramente para embarque de pasaje o mercancías en el puerto fluvial del Guadalquivir. Muestra el pintor su mayor alarde de virtuosismo en detalles como las macetas, la ropa tendida, el sombreado de la jaula o la palma de ramos que cuelga del balcón de la fachada principal. No obstante, lo que más llama la atención de la escena es el puesto de la buñolera, que Wssel reproduce con todos sus elementos, haciendo inventario de la variopinta cacharrería que constituía estos típicos puestos callejeros. Así, desde la banqueta convertida en improvisado escaparate, con una servilleta a modo de mantel sobre la que reposan las rosquillas recién hechas, hasta el anafe de barro, avivado con el soplillo por una muchacha, el gran barreño de cerámica donde otra maneja la masa o instrumentos como la balanza, el canasto o la vasija; todo ello observado con una marcada intención realista.

Pero donde Wssel se siente más cómodo es en la ejecución de las figuras humanas, a las que dedicó una parte fundamental de su producción y a las que infunde siempre, incluso en este tipo de escenas populares, cierta presencia sólida y monumental, procedente de su formación académica, a la que se une en este caso una especial agudeza en la captación de los diferentes tipos y un particular sentido decorativo en el tratamiento minucioso y colorista de sus ropajes, todo lo cual demuestra una vez más las especiales aptitudes de Wssel para este género.

José Luis Díez