Recién casados
Ricardo López Cabrera

Recién casados

c. 1905
  • Óleo sobre lienzo

    58,4 x 78,7 cm

    CTB.1994.5

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Bajo el hermoso emparrado de un patio enlosado, adornado con farolillos de papel, se celebra la fiesta de un banquete de bodas. Una cantaora, tocada con sombrero cordobés y envuelta en su mantón, se ha levantado de su silla, en la que ha dejado la guitarra, para brindar por la felicidad de los recién casados. Éstos reciben complacidos sus palabras ante la mirada satisfecha del sacerdote, sentado junto a ellos, y la alegría general del resto de los invitados.

Vendido en el mercado americano con el título de El brindis y reproducido en alguna ocasión con el de Fiesta de boda, ha de tratarse, con toda seguridad, del cuadro Recién casados enviado por López Cabrera a Buenos Aires en 1905, junto con los titulados Pilletes de playa, Componiendo la red, La hora del baño, La cocinera, Mariscando y La vuelta de la pesca, para una de las exposiciones de pintura española moderna que celebrara el crítico José Pinelo en el Salón Castillo de la capital argentina. En efecto, además de su título, tanto su estilo como su moda corresponden con precisión a los primeros años del siglo XX, en los que, por lo demás, se encuentra lo mejor de la producción costumbrista de López Cabrera, ya en su plena madurez, de la que el presente lienzo es muy buen testimonio.

Desde 1890 hasta 1910 el artista sevillano dedicó la mayor parte de su labor a la pintura de tipos y escenas de costumbres, generalmente andaluzas, teñidas en ocasiones de un rictus dramático o de crítica social, de acuerdo con las corrientes de esos años. Son obras de dibujo certero y limpio, que define con precisión las figuras y objetos de sus composiciones, demostrando siempre un agudísimo sentido de la observación, tanto en la descripción de los objetos como, sobre todo, en el tratamiento de los personajes, en los que López Cabrera se empeña siempre en remarcar la distinta expresión de sus afectos, sugiriendo así una sutil trama argumental en sus escenas, de contenido aparentemente superficial y anecdótico, y atentas fundamentalmente a sus valores pintorescos y decorativos.

Así, desde el gesto socarrón y complacido del anciano sacerdote a la mirada inocente e ilusionada de la novia, o el rostro confiado de su recién estrenado marido, que recibe campechano el brindis fumándose un hermoso puro, todos estos matices expresivos son bien elocuentes de la capacidad de este pintor para los retratos de tipos, en los que fue especialmente hábil. Junto a ellos, el aparente disgusto o emoción de la madre, que se tapa los ojos detrás de los novios para ocultar su posible malestar por un matrimonio quizá no de su agrado, o la mirada de soslayo del soldado a la moza del mantón sentada en primer término, mientras escucha la conversación de su acompañante apurando su copa, testimonian el indiscutible dominio de López Cabrera en este género, del que sería maestro muy destacado en la pintura sevillana de entresiglos.

Por otra parte, la escena está concebida con un realismo nítido y sin artificios, tanto en el planteamiento escenográfico del patio abierto en que tiene lugar la celebración, como en el tratamiento de la vegetación o los trajes de los concurrentes, sin dejar al descuido detalles tan aparentemente insignificantes como la vasera de latón que reposa sobre la silla de enea del primer término, cortada en ángulo con una visión plenamente fotográfica.

José Luis Díez