Prepárandose para la pesca
Emilio Ocón y Rivas

Prepárandose para la pesca

1897
  • Óleo sobre lienzo

    56 x 89 cm

    CTB.2003.2

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

La permanencia continuada en Málaga, desde prácticamente 1873, no fue obstáculo para que Emilio Ocón afianzase su modelo en un realismo serio y comprometido con sus principios básicos, como fueron, para los que eligieron el paisaje como medio de expresión preferente, los de trabajar directamente del natural y tener como primera preocupación captar las incidencias de la luz sobre las formas a partir de un registro fiel de ella y de las gamas cromáticas que construían al combinarse con las sombras y las imprescindibles gradaciones tonales.

Para ello montó su taller en el puerto de Málaga, y desde su ventana se dedicó a inmortalizar diferentes puntos de vistas del litoral malagueño. Ésa es la razón por la que el catálogo de Emilio Ocón esta lleno de vistas de la bahía de Málaga, generalmente con embarcaciones, y desde unos encuadres sin apenas variantes.

En esta ocasión, su mirada se ha dirigido hacia la costa este; se ha situado en el centro de la bahía y ha registrado faenas pesqueras, como son las de la preparación de las redes para disponerse a pescar. En el fondo se adivina la barriada de El Palo y, sobre ella y a su izquierda, el cerro de San Antón.

En la obra se mezcla la anécdota con una intención regionalista que se fundamenta en el verismo de los detalles. La jábega, embarcación típicamente malagueña, de origen fenicio, base de la pesca local que identifica el espacio con su presencia, se erige protagonista de la escena por su posición centrada. La luz, suave de amanecer, sumerge al espacio en un aire poético que queda afianzado, también, por la serenidad del mar y la desnudez de la playa. La paleta, al estar entonada en la gama de los grises, contribuye a esa poetización por la que la marina se carga de sensaciones emotivas y supera la intención de ser un registro aséptico de una vivencia cotidiana.

Preparándose para la pesca se aleja de la disciplina habitual de construir la naturaleza en función de los contrastes, de la firmeza de los contornos, de la expresividad de la misma según los registros atmosféricos. Por contra, funde la pincelada, tratando de combinar la fijación de la realidad contemplada con la opción espiritualista del fin de siglo.

Ocón se moverá en esa línea, huyendo de alterar el orden, siempre al margen de posiciones provocadoras. Mantiene el equilibrio de la composición al dibujar la línea del horizonte en el centro de la imagen, centrando el motivo principal de la escena, sin romper ese equilibrio con ningún otro eje. Apenas el humo del caldero asciende activando la zona izquierda de la escena y alcanza el límite de los cerros, se funde con los tonos del cielo.

El cuadro presenta un buen acabado, a pesar de usar una pincelada suelta y fresca, aunque pequeña, que denota un dominio absoluto de la técnica y de la retención de lo percibido, pero también es exponente de ese oficio adquirido con los años y que le ha servido para serenar extremosidades, antes manifestadas en una pincelada más violenta y un gusto por fijar los accidentes atmosféricos más expresivos.

Teresa Sauret Guerrero