Pelando la pava
Valeriano Domínguez Bécquer

Pelando la pava

1863
  • Óleo sobre tabla

    19 x 24,5 cm

    CTB.1998.2

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Según el diccionario de la Real Academia Española, pelar la pava quiere decir tener amorosas pláticas los mozos con las mozas; ellos desde la calle y ellas asomadas a rejas y balcones; aunque la expresión tiene orígenes diversos, siempre conserva el sentido de coloquio galante, aunque rústico. Según Luis Montoto, la frase tiene que ver con una criada que desplumaba morosamente un ave mientras hablaba con su novio. El barón Davillier, por su parte, en el Viaje por España, compara la actitud del hombre que sujeta la guitarra con la de quien quita las plumas a un ave.

En esta tabla diminuta –también conocida como The Serenade –, Valeriano Bécquer, con sus modos plateados y suaves, recreó una escena «típica» de galanteo, en la que un hombre ronda a una joven recatada, que sólo se deja ver por la ventana y cuya actitud –apoyada en el alféizar y con la mano en la mejilla– es muy frecuente. Doré, por ejemplo, en una ilustración para el Viaje por España del citado Davillier –Músicos ambulantes–, la coloca en la misma pose, que resulta habitual desde las Dos mujeres en la ventana de Murillo (Washington, National Gallery of Art). El hombre, además, lleva una guitarra –un instrumento musical «típico» de Andalucía–, y va vestido de un modo muy peculiar, con capa amplia y sombrero de catite; un atuendo que podemos ver completo gracias al desdoblamiento de la rotunda figura masculina en su compañero que, con ese aire de tipismo, fuma un cigarrillo –el «papelito» de Carmen–.

La presencia de acompañantes junto al que «pela la pava» no es extraña. En la litografía de Antonio Chamán de 1850, Al que pela la pava, cobrarle el piso, un grupo de hombres (ataviados como éstos) espera en la distancia a que el galanteador termine y se reúna con ellos. El propio Bécquer, jugando con el tópico, retomó la misma composición –con ligeras variantes– algunos años después para componer una de las divertidas acuarelas de Los Borbones en pelota (Madrid, Biblioteca Nacional), en la que Isabel II se asoma a la ventana, mientras el padre Claret toca un organillo y Francisco de Asís –bastante aburrido– contempla la escena.

Costumbres antiguas –la mujer en casa guardando su honor y el de su familia, como en el teatro de Calderón de la Barca y en los países musulmanes–, atuendos y adornos exóticos, como las pobladísimas patillas «de boca de hacha» del galanteador –distintas por completo de la moda «europea»– y junto a todo ello, la tensión erótica en el proceso de conquista, para la que Bécquer no escatima recursos poéticos, como la inclusión del pajarillo enjaulado –entretenimiento popular muy extendido entonces–, que no podemos saber si alude más a la joven –prisionera de su virtud– o al cantor, que no puede alcanzar el objeto de sus deseos amorosos.

En la lejanía se distingue el perfil desvaído de un casco urbano, lo que sitúa esta escena en los arrabales de la población. Los muros encalados de la casa, los tiestos rotos y las flores que necesitan pocos cuidados –claveles, malvarrosas y una parra– dan a la escena un aire tradicional y rural, con la carga conservadora de serenidad y de mundo inmutable opuesta por completo al urbano, más vasto y peligroso, especialmente para las jóvenes.

El cuadro de Valeriano Bécquer responde a lo que los clientes extranjeros buscaban en Sevilla entre los años treinta y sesenta del siglo XIX. Por el tema, el formato y los colores alegres y brillantes, era la pintura ideal para llevarse como recuerdo de una estancia agradable en la ciudad del Guadalquivir.

María De Los Santos García Felguera y Carlos G. Navarro