Patio sevillano
Manuel Wssel de Guimbarda

Patio sevillano

1881
  • Acuarela sobre papel

    68 x 53 cm

    CTB.2001.8

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Esta acuarela, pareja de la anterior y pintada también en 1881, presenta una composición relacionada con el óleo del artista de esta misma Colección titulado Lavando en el patio, realizado cuatro años antes. Ambas obras se relacionan con otro lienzo anterior, En el interior del patio, de 1874. En los tres casos se trata, con algunas variantes, de un patio similar, típico de la arquitectura sevillana, adintelado sobre zapatas de madera que apean sobre pilares cuadrados y, en el piso alto, sobre pies derechos también de madera. Aparece parcialmente cubierto por un toldo, que se utilizaba en verano como protección frente al sol.

No es extraña la insistencia del artista en el motivo, si se considera el interés que los patios, y la vida que se desarrollaba en ellos, especialmente durante el verano, ejercían sobre los visitantes de la ciudad, muchos de ellos ingleses, que se contaban entre los clientes habituales del pintor. Abundan los testimonios al respecto, como el de George Borrow, que señalaba en 1843: «nada tan interesante para el viajero que vaga por Sevilla como atisbar los patios». Este autor, que llegó a vivir en Sevilla en una amplia casa con patio, lo alabó en extremo y lamentaba que su destino no le hubiera permitido «vivir en tal edén el resto de sus días».

El aquí representado tiene claro carácter popular, pues carece de enlosado y de surtidor en su centro, sustituido por un pozo, la ropa aparece informalmente tendida y, como en los lienzos de similar asunto, hay también gallinas en el primer término. En el piso bajo se abren dos vanos, una puerta y una ventana, parcialmente tapada con tablas de madera. Entre los diferentes personajes, agrupados por parejas, destaca de pie, en el centro, un tratante o un aparcero, que departe con la dueña de la casa. Es característico del pintor cierto ensimismamiento de los personajes, aun de los que conversan. La anécdota está en los niños del primer término, que vacían la pitanza de las gallinas en el sombrero del visitante, sin que éste lo advierta.

La atención a los detalles, como las macetas dispuestas en el piso alto –puesto que el centro del patio se destina a corral–, el pozo de piedra, el emparrado y los variados recipientes de barro, loza y cobre aumentan el carácter pintoresco de la composición. Los pilares de la izquierda se adornan con una maceta de pared, un puchero roto con flores y una jardinera. A los pies de ésta, hay una tinaja para agua, un lebrillo, seguramente de Triana, y un cantarillo. En el brocal del pozo, a cuyos pies se halla un caldero de cobre, hay una jarra vidriada en blanco y un puchero, en ocre. Al contrario que en el lienzo de esta misma Colección relacionado con este asunto, en el que el contraste de luz y colores está muy marcado, las sombras, de suave color gris, apenas atenúan la delicada coloración en tonos claros característica de las acuarelas de Wssel. Está más próxima, por ello, a la otra obra citada, siete años anterior, con la que comparte otros elementos.

Javier Barón