No más vino. Escena de taberna
Angel María Cortellini Hernández

No más vino. Escena de taberna

1847
  • Óleo sobre lienzo

    40 x 31 cm

    CTB.1995.139

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

En el interior de una bodega o taberna, en la que se distinguen a la derecha los barriles para conservar los caldos, un joven trata de escanciar más licor a una muchacha que, sentada en un banco, de espaldas al espectador, tapa la boca de su vaso con las manos, mientras la mesonera –una anciana mujer con tocas de viuda– con su mano derecha sujeta el brazo del animoso mozo y con la izquierda le reprende. Junto a ellos, un segundo individuo, ya sin chaqueta, rasguea las cuerdas de una guitarra. Este último parece uno de los Fígaros que vio Richard Ford por esos mismos años en las veladas nocturnas en mesones y posadas de toda España: «se empieza a oír el rasgueo de una guitarra, pues nunca falta un patilludo Fígaro que esté enterado de la llegada de los huéspedes, y acuda a la reunión por puro amor al arte y al encanto de un cigarro».

En la composición de la obra que comentamos, también conocida como Una taberna, Cuadro costumbrista o Toreros en la taberna, sobresale la concepción escenográfica del espacio, casi de tramoya, que junto con el tratamiento de la figura de la mujer cubierta por un grueso manto, ponen el acento en la trascendencia de la estancia formativa del artista en el Piamonte italiano, donde no sólo conocería las pinturas de aquellos escenógrafos sino que se interesaría, al menos superficialmente, por el floreciente coleccionismo de antigüedades clásicas –y que ya en Sevilla su maestro José Domínguez Bécquer le debió inculcar en su Academia del Antiguo– que parecen inspirar algunas de las figuras de sus primeras obras, como esta anciana o la que aparece de perfil en El cante de la moza. Escena de taberna (p. *), de la misma Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, y probable pareja de esta pintura.

Cortellini se muestra muy hábil en el manejo de los colores, tanto en las sutilezas de los tonos tenues del vestido de la muchacha como en los más brillantes rojos del atuendo del guitarrista, y especialmente en las prendas más oscuras de los dos hombres, mientras que pierde capacidad de modelado en los blancos de las telas de todas las figuras. Resulta muy contrastado el modo acabado y preciso con que describe los detalles de cada personaje, como las flores del cabello de la joven o las botas de los dos personajes masculinos, mientras que no se detiene prácticamente en la caracterización del ambiente de la taberna, dejándola simplemente abocetada.

Este tipo de escenas de discusiones y revuelos de taberna se hicieron indispensables en los repertorios iconográficos de los pintores costumbristas, incluyendo el del propio Cortellini, ya que esos establecimientos reunían al completo la colección de tipos humanos –majos, chulas, contrabandistas, toreros, bailaoras...– y situaciones –riñas y altercados peligrosos, prostitución, fiestas, baile...– que tanto interesaban a sus potenciales clientes.

Carlos G. Navarro