Monja
Julio Romero de Torres

Monja

1911
  • Óleo sobre lienzo

    50 x 35 cm

    CTB.2001.2

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

En torno a 1910 comienza a consolidarse la fama que, años más tarde, llevaría a la cúspide a Julio Romero de Torres. Pese a ello, su ascendente prestigio no venía avalado por el reconocimiento de su obra en la Exposición Nacional de ese año, ya que la recompensa obtenida por Musa gitana (Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía) en la de 1908, no se repite ahora cuando presenta, entre otras, una de sus pinturas más sugerentes y simbólicas, el Retablo del amor (Barcelona, Museo Nacional de Arte de Cataluña). Esta falta de reconocimiento oficial provocó la indignación de un nutrido círculo de más de cien intelectuales con una protesta escrita presentada ante el Ministerio de Instrucción Pública por Cristóbal de Castro (1874-1953). Protesta que, ya en 1911, le valió la concesión de la encomienda de la orden de Alfonso XII y su nombramiento como Inspector y Comisario Regio en la Exposición Internacional de Roma.

Por la dedicatoria parece lógico pensar que como reconocimiento a su amigo el escritor, traductor, político y pionero feminista Cristóbal de Castro, quien varias veces escribiera sobre el pintor, éste le dedicara con motivo de su boda en el mismo 1911 este delicado retrato de una monja. La relación de Castro y Romero de Torres no se limita a esos reivindicativos momentos, sino que perdura con la familia a lo largo de los años y prueba de ello son los retratos que le hace al propio Castro, a su esposa, la actriz teatral Adela Carboné, y a su hijo, Horacio de Castro Carboné, o la correspondencia mantenida con Enrique Romero de Torres como Director del Museo de Bellas Artes de Córdoba.

Queda por definir el motivo por el cual el regalo de bodas del pintor al escritor sea esta Monja. Es éste un tema que en esas fechas había despertado el interés del maestro al comenzar una larga serie de pinturas con diversas representaciones de monjas, casi todas franciscanas de blancas o negras tocas, que suponen una singular estética y extemporánea iconografía en relación con otros pintores de su época. Interés y repetición de la iconografía que ha llevado a que se considere a estas monjas como uno de los arquetipos femeninos de la pintura de Romero de Torres.

A partir de la representación de La mística, del Retablo del amor de 1910 y hasta llegar a la Monjita (Córdoba, Museo Julio Romero de Torres), que dejó inacabada a su muerte en 1930, Romero lleva novicias y profesas a algunas de sus pinturas de esos años, como Pidiendo para la Virgen, Las dos sendas (Córdoba, Grupo Prasa), La niña de las monjas, La consagración de la copla (Córdoba, Grupo Prasa) o La Gracia (Córdoba, Museo Julio Romero de Torres), realizadas entre 1911 y 1913, y retoma el motivo en el sugerente Baño de la colegiala, de 1925, y en La Virgen de los Faroles (Córdoba, Museo Julio Romero de Torres), de 1928.

Curioso es resaltar que no aparecen monjas en las escasas muestras de sus pinturas religiosas –pinturas murales de la parroquial de Porcuna, capilla de la familia Oriol en Madrid, La Magdalena (Córdoba, Museo Julio Romero de Torres), Santa Inés (Córdoba, Museo Julio Romero de Torres) y pocos ejemplos más–, sino que están presentes en algunas otras de temática claramente profana o con títulos de vagas reminiscencias piadosas, en cuyas composiciones suele identificar a la monja con el amor místico –que no beato–, a pesar de una concepción ciertamente heterodoxa de obras como el Retablo del amor o La consagración de la copla. Elige igualmente esta iconografía para retratos individualizados, de clara inspiración en las composiciones del Renacimiento italiano, como éste conservado en el Museo Carmen Thyssen Málaga, de 1911, o el del Museo Julio Romero de Torres, de 1930.

La composición está centrada por el retrato de medio cuerpo de una joven novicia, con un rosario colgando de su mano derecha sobre un fondo neutro, repitiendo en el ángulo superior derecho algunos de los elementos paisajísticos y arquitectónicos tan queridos por el maestro cordobés, como cipreses y arcadas de un patio con tejadillo, en esa evocación de la arquitectura y urbanismo de su ciudad natal que Romero traslada reiteradas veces a sus lienzos.

Fuensanta García De La Torre