Marina
Emilio Ocón y Rivas

Marina

1884
  • Óleo sobre lienzo

    200 x 148 cm

    CTB.1994.37

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Este paisaje del maestro del marinismo malagueño, Emilio Ocón y Rivas, es una marina singular. Aunque apenas conocidos, sabemos documentalmente que realizó nocturnos del que esta pintura –si bien más un crepúsculo– es buen ejemplo; sin embargo, la mayor parte de su obra muestra la luz clara y brillante de la costa mediterránea.

El lienzo, de gran calidad pictórica, describe un pequeño puerto norteño –las edificaciones del primer plano así lo evidencian– en plena bajamar, propia de las fuertes mareas atlánticas de esas costas. De ahí la presencia de varios bateles o chalupas varadas sobre el fondo y acostadas sobre el malecón del puerto. Los tejados muy pendientes con grandes aleros, balcones de madera y una hornacina en muro de piedra, completan la identificación física del paisaje.

La influencia flamenca de esta obra es evidente, pues las enseñanzas de su maestro Jean-Paul Clays en composición y colorido están presentes en ésta al igual que en toda su producción; no obstante, en este paisaje también se evidencia su contacto con la escuela de La Haya. Realismo exacto, literal y minucioso, complementado con una perfecta técnica en el tratamiento de la luz, que lo acercan de manera clara, incluso al excelente marinista Hendrik Willem Mesdag. Limpidez de las atmósferas salinas, pesadez de las aguas –no en este caso–, transparencia de los horizontes marinos o la brillantez del cielo son características de este marinismo que asimiló perfectamente Ocón.

Precisamente la luz, elemento imprescindible en su producción pictórica, es la protagonista de este cuadro que reproduce un excelente contraluz ejecutado a base de tonalidades frías. La gama de azules, tales como el cerúleo y ultramar, mezclados con blancos y grises que sirven de telón de fondo, entran en diálogo con los «tierras», los pigmentos más utilizados en la historia del arte, que van desde los sombra y siena hasta las hematitas y el verdacho.

Compositivamente se aprecia un lenguaje innovador, pues la disposición de masas, a pesar de no plantearse de forma simétrica, alcanza un equilibrio perfecto al apoyarse en los márgenes verticales y jugar con sus tamaños y elementos concretos, generando una gran variedad de planos. Desde los primeros que forman los fondos marinos; pasando por los intermedios abordados con diferentes profundidades asentadas en la escalinata, las embarcaciones varadas, o la hornacina iluminada; a los más alejados, como son el muelle de defensa del puerto de la izquierda, así como los barcos de la derecha y la línea final del horizonte, evidencian un tratamiento casi fotográfico de la realidad, lo que constituye objetivo de la pintura paisajista en el plenairismo. Es especialmente notable el sentido de la profundidad que se manifiesta en este lienzo, constituyendo una magnífica muestra de cómo utilizar la luz para conseguirla. Finalmente, unos cuantos toques de color contribuyen poderosamente a acrecentar esos efectos: la oxidada argolla del fondeadero a la izquierda, las pinceladas de verdor de las algas del fondo marino y los puntos de luz de la hornacina y de los dos fanales de los barcos fondeados a la derecha.

En definitiva, esta pintura es un excelente y singular paisaje donde Emilio Ocón hace demostración de su maestría, sabiendo transmitir su sensibilidad y el sentimiento que le embarga ante la contemplación de la naturaleza.

Amelia Esteve Secall