Marina
Guillermo Gómez Gil

Marina

c. 1920-1930
  • Óleo sobre lienzo

    90 x 100 cm

    CTB.2006.11

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Buena parte de la producción de Guillermo Gómez Gil estuvo dedicado al género del paisaje, en la modalidad de las marinas.

Desde sus comienzos, el mar y las costas malagueñas fueron objeto de su atención, como queda demostrado en esa obra de 1880 que presentó a la exposición organizada por el Ayuntamiento ese año y que posteriormente adquirió el Consistorio y hoy se exhibe en las salas del Museo del Patrimonio Municipal.

En aquella ocasión, literaliza el territorio y se centra en ese registro puntual y honesto de un ejercicio ecléctico con voluntad realista, opción ésta que queda mermada ante el interés por marcar itinerarios en la superficie del lienzo y definir claves de identificación del lugar, tópicas y típicas.

A medida que se profesionaliza, su voluntad por incluirse en los movimiento modernos del fin de siglo le hace detenerse en la fijación de unos paisajes, especialmente marinas, en los que el protagonismo lo adquiere la luz, por encima de los detalles geográficos, y en los que se potencien efectos lumínicos evocadores, con la intención de ejercer una línea de paisajes que pudieran vincularse a poéticas como la simbolista.

En la obra de referencia opta por una descripción literal de la naturaleza, en la que encontramos fragmentos que parecen inspirados en otras obras de Haes, como en esas rocas que asoman del mar del plano inferior izquierdo de la composición, tan cercanas a las de Restos de un naufragio de 1892 del autor belga, hoy en el Museo del Patrimonio Municipal, lo que nos hace suponer que la vista de Gómez Gil puede ser de la costa malagueña, o inspirada en ella y en sus accidentes geográficos, al igual que las barcas, muy similares reproducidas en composiciones de Ricardo Verdugo Landi o Emilio Ocón.

Todo ello nos hace pensar en un trabajo de composición, hábilmente resuelto gracias a los efectos lumínicos y cromáticos que nos invitan a creer en una toma directa del natural, que bien podría situarse en la costa malagueña o estar inspirada en ella.

La paleta aplicada al mar es significativa del trabajo del autor, que se esfuerza por manejar una gama de verdes tan familiares en las costas locales, construido a base de pinceladas cortas y precisas.

La espontaneidad de la obra queda sosegada por la narrativa que introduce la labor de pesca de los barcos, la centralidad de éstos en la composición y el ordenamiento de los elementos de la naturaleza. Rocas, mar, espuma, costa y barcos distribuidos por el lienzo y ocupando puntualmente su lugar para ofertar la sensación de inmediatez y veracidad.

Este proceso de elaboración no es censurable, ya que las recetas, aplicadas por la mayoría de los pintores, de los paisajistas, españoles a partir el último tercio del siglo XIX y aun de principios del siglo XX, ofertan un resultado certero y convincente, aunque lo amable y agradable prevalezca frente a lo aséptico y literal del registro inmediato del asunto. Aunque la luz, tan oportunamente aplicada en este tipo de obras, no se convierta en un objeto más del cuadro sino que está al servicio de la entonación de la paleta y del efecto unificador de la obra.

Sin duda, estas marinas tenían una amplia demanda, ya que satisfacían a un público que admiraba el bien hacer técnico pero que también valoraba la inclusión de la obra en estéticas que pudieran asociarse a los movimientos modernos, aunque huyendo de estridencias transgresoras o demasiadas provocativas.

En esta pieza el autor se manifiesta muy profesional y certero, realizando una composición que, a simple vista, cumple con las exigencias de la toma directa del natural y, por tanto, del compromiso con el realismo finisecular, aunque esa mirada profesional sobre ella descubra los recursos empleados y apueste por una elaboración, o terminación, del trabajo en el taller, circunstancia que lo aleja del realismo y lo incluye en el eclecticismo, aunque no clasificamos esta opción como negativa, ya que los que la ejercieron actuaron con honestidad y convencidos de que su deber estaba en poetizar con el natural, aportando la mirada creativa sobre él con las posibilidades de distanciarse del registro mecanicista, que entendían era más propio de las nuevas tecnologías (la fotografía) que de la verdadera función del arte, debate abierto en las últimas décadas del XIX y principios del XX entre los artistas y teóricos.

De lo que no cabe duda es que Gómez Gil tenía impregnada su retina de los colores del mar, el cielo y las costas malagueñas, y le era fácil trasladarlos al lienzo con todo el convencimiento del certero conocimiento de la realidad.

La obra puede ser fechada entre 1920 y 1942 dada la soltura de la pincelada y la seguridad en la ejecución, que indican un Guillermo Gómez Gil maduro, seguro de sí mismo y muy experimentado en este tipo de composiciones.

Teresa Sauret Guerrero