Majo sevillano
Manuel Cabral Aguado Bejarano

Majo sevillano

c. 1850
  • Óleo sobre lienzo

    54 x 42 cm

    CTB.2013.9_B

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

La apariencia física del personaje que protagoniza esta pintura y el fondo de paisaje que le respalda evidencian con claridad que se trata de un majo sevillano que aparece en la orilla derecha del río Guadalquivir. Tomando como referencia la disposición geográfica de la Torre del Oro, que figura al fondo, es posible advertir que el apuesto y elegante varón que ha captado el pintor está situado enfrente del paraje donde terminaba el Paseo de las Delicias.

El prototipo de majo sevillano había sido ensayado por primera vez dentro de la pintura romántica de esta ciudad por José Bécquer en la litografía que representa a un majo de feria y que se incluye dentro del Álbum sevillano editado por Vicente Casajús en 1839. Incluso el propio José Bécquer, en 1832, cuando realizó el retrato de Richard Ford con traje popular, ya definió el tipo del varón sevillano vestido con elegante traje propio de llevar en festividades y días de especial relieve.

También antes de que Manuel Cabral Bejarano representase este tipo popular, su padre, Antonio, había pintado, formando compañía con otra pintura de idéntico tamaño en el que se describe a una maja. En efecto, se conservan parejas pintadas por el padre en las que los dos personajes aparecen estáticos, contemplándose el uno al otro, o bailando el bolero, de tal manera que sus gestos y expresiones corporales tengan una perfecta correspondencia.

No es extraño, por lo tanto, que Manuel Cabral Bejarano interpretase este tema popular del majo y la maja, puesto que estos prototipos estaban ya establecidos dentro de la pintura romántica sevillana y eran, además, motivo permanente de demanda, tanto por la clientela local como por los visitantes extranjeros. En efecto, en numerosas casas de nueva construcción que se levantaron en Sevilla, sus salones se adornaban con motivos propios del costumbrismo y del folclore local y, por otra parte, los numerosos viajeros nacionales y extranjeros que pasaban por la ciudad compraban este tipo de pinturas a la manera de un souvenir para tener un recuerdo amable, bello y decorativo de su estancia en la ciudad del Guadalquivir.

En este caso, Manuel Cabral Bejarano describe la galana presencia de un apuesto y elegante joven que cubre su cabeza con un catite al tiempo que fuma un cigarro. Lleva camisa blanca, chaleco negro y cubre la mayor parte de su cuerpo con una gruesa capa negra que impide admirar su vestuario excepto los altos botos que le llegan hasta la rodilla. A la izquierda de su figura se levanta un pequeño talud poblado de vegetación arbolada, a la derecha aparece la orilla del río Guadalquivir y, al fondo, se sugiere el perfil de la ciudad, de la que destaca en primer término la Torre del Oro.

Es ésta una obra que, por sus características de estilo, puede fecharse en los inicios de la actividad profesional de Manuel Cabral Bejarano, en fechas próximas a 1850, cuando ya trabajaba a las órdenes de su padre Antonio.

Maja sevillana fue realizada para formar pareja con el Majo sevillano. Al igual que su compañero puede fecharse hacia 1850, estando sus figuras captadas de tal manera que sus actitudes físicas correspondan armoniosamente en sus gestos y actitudes. Tiene igualmente esta presencia femenina un precedente en la pintura romántica sevillana fijado en una litografía realizada por José Bécquer en 1839 y reproducida en el Álbum Sevillano, editado por Vicente Casajús en ese mismo año.

Esta composición está protagonizada por la figura de una bella joven, elegantemente ataviada con traje de día de fiesta que posee toda la gracia y la belleza de la moda popular. La maja cubre la parte superior de su cuerpo con un amplio chal del que asoman, a la altura de la cintura, los flecos de un mantón de Manila. La parte inferior de su anatomía se cubre con una falda rosa con volantes, surcada en horizontal por tres ribetes azules. Lleva medias blancas y sus pies aparecen cubiertos con elegantes chapines negros sujetos a las piernas con cintas de cuero; en sus manos lleva un abanico mientras que su cabello se adorna con rosas a la altura de su sien. Puede advertirse que su mirada parece corresponder a la atención que le presta el majo situado en la pintura compañera.

El fondo de paisaje parece completar el de la pintura anterior, situándose la maja a la orilla del río, delante de un pequeño puente con arco por el que transitaba el arroyo Tagarete inmediatamente antes de desembocar en el Guadalquivir. Al fondo aparecen las murallas de la ciudad de la que emerge su perfil presidido por la silueta de la catedral con la torre de la Giralda; tres cúpulas de edificios religiosos surgen a la izquierda de la escena. Detrás de la maja y a la derecha se levantan macizos de arbolados descritos con vitalidad y pincel brioso y enérgico formando correspondencia con la vegetación que aparece a la izquierda de la escena en que se representa al majo.

Estas dos figuras populares poseen las más puras esencias del romanticismo popular sevillano y son paradigmáticas de los tipos físicos representativos de la ciudad que pronto entraron en la categoría de lo típico pero también de lo tópico.

Manuel Cabral Bejarano fue uno de los pintores que más ayudó a difundir los característicos aspectos del costumbrismo sevillano, creando un repertorio que reflejaba aquellos motivos que los viajeros que llegaban a esta ciudad veían y querían guardar como recuerdo de un mundo especialmente singular y atractivo.

Enrique Valdivieso