Llegada de los titiriteros a la ciudad
José Navarro Llorens

Llegada de los titiriteros a la ciudad

s.f.
  • Acuarela sobre papel

    32 x 50 cm

    CTB.1995.62

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

José Navarro Llorens es uno de los nombres que pertenece a la extensa nómina de pintores ensombrecidos por la fama de Joaquín Sorolla, y de los que poco o nada se sabe. Al respecto, y sin profundizar en datos biográficos sobre el pintor, queremos confirmar su presencia en las aulas de la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos de Valencia durante los cursos de 1883-1884 –año en el que por cierto coincide entre otros con Joaquín Sorolla– y de 1884-1885, matriculado en asignaturas como las de dibujo del antiguo y del natural, colorido, composición o paisaje (Archivo de la Real Academia de San Carlos de Valencia, Libro de Matrículas, rollo VII).

No fue un pintor formado, como otros, en la Academia Española de Roma, ni probablemente visitase grandes ciudades para conocer las vanguardias del momento. Tampoco acudió apenas a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes; tan sólo lo hizo en una ocasión, en 1895, consiguiendo una mención honorífica. A pesar de ello, su arte, que goza ciertamente de un carácter propio, lo convierte, como señala Javier Pérez Rojas, en «uno de los intérpretes más personales y virtuosos» del sorollismo, por lo que bien merece un lugar más destacado en la historia del arte valenciano.

Uno de sus temas favoritos, dentro de la gran variedad de su producción, es el de las escenas de gitanos. Estas dos acuarelas, ambientadas sobre un fondo de paisaje rural, son un excelente ejemplo. Así, en Llegada a la ciudad vemos en primer término a un gitanillo montado sobre un borrico mientras, en segundo plano, le acompañan a la izquierda dos muchachas. Centrando la composición, podemos ver un simpático grupo presidido por dos personas subidas sobre una mula blanca que camina junto a un asno acompañado de una pareja, todo rodeado por un excelente paisaje de frondosos árboles y al fondo, muy abocetada, la torre de una iglesia. Por otro lado, Llegada de los titiriteros a la ciudad no es sino una agradable escena presidida por dos perros y un hombre que va montado sobre un burro que resiste su gran peso y el de los bártulos que porta. Otro pequeño asno lleva como carga unos instrumentos musicales y a otro perro, mientras, en segundo plano, un pollino carga con una mujer que coloca sus piernas cruzadas a un lado, acompañada de un hombre con un sombrero de copa; al fondo se adivina otro grupo de personas y animales.

Todo está resuelto con esa pincelada rápida, de cierto brillo metálico, corta en los detalles y en los reflejos, que bien caracterizan el arte de Navarro Llorens y que encuentra probablemente su más claro ascendente en la pintura de Fortuny, dentro de su arte de pequeño formato. Ello venía a responder a la perfección a la gran demanda existente de cuadros de escenas costumbristas realizados con gran soltura técnica y efectos chispeantes, tal y como sucedía tanto en Roma como en París, dentro de un género popularizado por el francés Meissonier con sus «pinturas de casacas» y que pronto encontraría eco en el ámbito del arte español.

En estas obras la pincelada está muy aguada en las sombras, pero tiene cierto empaste tanto en el cielo, de un intenso azul, como en los verdes árboles. El pintor repite una y otra vez en este tipo de escenas el burrito moruno que, al parecer, adquirió en Marruecos durante su corta estancia allí. Así, lo podemos ver de nuevo en otras pequeñas composiciones como las de la colección del Banco Hispano Americano o en una pequeña tabla conservada en el Museo de Bellas Artes de Valencia. Un asno que, según Azcárraga, transitaba por la vivienda del pintor «con la misma libertad que por la India las vacas sagradas».

Vicente Samper