Lavanderas y pescadores en un paisaje costero
Andrés Cortés y Aguilar

Lavanderas y pescadores en un paisaje costero

1863
  • Óleo sobre tabla

    35,7 x 55,3 cm

    CTB.1998.47

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Andrés Cortés pertenece, como Manuel Barrón, a las primeras generaciones de pintores románticos sevillanos a los que, en contacto con los artistas extranjeros llegados a la ciudad para dar a conocer los gustos estéticos dominantes en Europa, les atraía representar, además de otros géneros diversos, sobre todo paisajes con figuras evocadores de escenificaciones barrocas en las que estuviese presente un determinado pintoresquismo rústico, quebradas alturas y viejas edificaciones ruinosas, al modo de los holandeses italianizados del XVII. Todo ello con frecuencia sazonado con la revitalizada sensibilidad murillesca.

Era frecuente entonces que esos pintores sevillanos ejecutasen tales representaciones en cuadros de pequeñas proporciones que, con frecuencia emparejados, vendían a viajeros extranjeros, la mayoría ingleses, y también a las clases acomodadas de la ciudad.

De esta suerte, Cortés acomete la realización de esta pareja de paisajes fantásticos con figuras, verdaderas estampas evocadoras de la vida popular cotidiana, algo idealizadas, en las que concede valor parejo tanto a las hermosas vistas panorámicas como a las figuras que contienen. Ambas obras, de formato apaisado y casi idénticas proporciones, son ejemplares atractivos por su belleza idílica de carácter bucólico, como estereotipos de una imagen romántica más ideal que real, en donde el hombre goza de la naturaleza como un don heredado en la que se siente plenamente realizado junto a la mujer, su compañera en el disfrute del ambiente y con la que comparte con serenidad, optimista y amorosamente, el trabajo cotidiano.

Esta obra tiene como escenario un lugar imaginado a través de alguna estampa, compuesto por tres planos horizontales correspondientes respectivamente a la tierra, el agua y el celaje. En el primero, en la orilla, se sitúan los personajes principales de la representación: cuatro figuras emparejadas; ellas, lavanderas que llevan cestos con ropas; ellos, pescadores que les ayudan en su tarea. Visten la indumentaria habitual desde el siglo XVII: vestidos amplios ellas, chaqueta y calzón recogido en la pantorrilla con polainas y sombrero, ellos. Están flanqueados por un robusto árbol y una barca varada con remos y ancla. La zona de agua podría corresponder a un ancho y cristalino río, o más bien a una lengua de mar, surcada a media distancia por barcazas de blancos velámenes y pequeñas barcas de remo. Al fondo, a los pies de una montaña, se divisa una hermosa ciudad costera de la que sobresalen altas torres catedralicias. Encumbrada en la cima de una empinada colina boscosa, situada a la izquierda del espectador, se destaca una adormecida ciudad amurallada en cuyo interior sobresalen dos cilíndricas torres coronadas por agudos chapiteles. Ilumina la escenificación un amplio celaje de tonos brillantes y nubes aborregadas.

Gerardo Pérez Calero