Lavandera
Guillermo Gómez Gil

Lavandera

1896
  • Óleo sobre lienzo

    110 x 54 cm

    CTB.2009.13

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

En el interior de un humilde patio doméstico una joven muchacha enjabona y restriega la ropa sobre una tabla de lavar y, concentrada en su labor, la sumerge en un lebrillo de barro apoyado sobre un viejo cajón de madera. La acción transcurre junto a la fachada de una vivienda muy modesta, descrita sintéticamente. El interés del pintor por el costumbrismo tardío se concentra en la descripción amable y conformista de los afanes cotidianos de las clases populares –del mismo modo que desarrolló cierto interés por la iconografía de la vida burguesa (véanse, en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, pp. * y *)–, sin mezclarse en absoluto con las reivindicaciones de la pintura social, ni tampoco con las corrientes regionalistas.

Realizado con un vivo afán colorista propio del realismo decorativo del fin de siglo en España, en el que se concentra todo el atractivo de esta obra, Gómez Gil pone el acento en los tonos brillantes de color, en el echarpe que se cruza al pecho de la lavandera, en las flores de su pelo o en las que parecen nacer silvestres bajo la ventana de la casa. El cuadro es un ejemplo claro de la vocación de paisajista con la que Gómez Gil afrontó sus escenas con figuras. En ellas, el interés plástico principal está concentrado en la descripción, sumaria, pero efectiva, de la naturaleza, mientras el resto de la composición queda tan sólo abocetada. De hecho, su formación académica como pintor de paisajes le llevó en pocas ocasiones a afrontar escenas protagonizadas por figuras humanas como ésta, en las que siempre se delata su escaso interés por el dibujo anatómico y por la figura. Aunque esta pintura está realizada con una apariencia abocetada al gusto de la burguesía de finales del siglo XIX, Gómez Gil puso cierto interés en elaborar algunos detalles, como el efecto del enrejado de la ventana delante de las macetas o la descripción de la jaula para gallinas y codornices que, al pie del árbol, permanece cubierta por un trapo y con un cacharro, detallando así el modo popular de engordar rápidamente a las aves para su posterior consumo.

La obra apareció en el comercio madrileño junto a otra pintura de similares dimensiones, firmada y fechada en el mismo año, que representa a una joven alimentando a las gallinas, en un entorno que el autor repite a menudo en obras de este género, y que probablemente sea pareja de ésta.

Carlos G. Navarro