Las buscadoras de coquinas
Rafael García Hispaleto

Las buscadoras de coquinas

1852
  • Óleo sobre lienzo

    202 x 130 cm

    CTB.2006.2

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

La interesante y variopinta obra pictórica de los hermanos Rafael y Manuel García Martínez, de vidas paralelas y conocidos como los «Hispaleto» por su origen sevillano y para distinguirse de otros artistas homónimos, se desenvuelve en un eclecticismo estético que va desde la romántica era isabelina hasta el realismo de la Restauración borbónica, con referencia a las escuelas artísticas de Sevilla, Madrid, Roma y París. Sus creaciones artísticas se sitúan, pues, entre la tradición académica y la modernidad estética.

En la trilogía temática practicada por ambos pintores hay que destacar, en primer lugar, los cuadros de costumbres y figuras, con extensión en Manuel al casacón fortuniano y al orientalismo o africanismo, asuntos pictóricos muy románticos en los que ponen en juego como buenos andaluces sus mejores recursos iconográficos. El segundo es el retrato, en el que llegan a alcanzar justa fama por su apurada técnica y dominio de la forma en línea con la practicada por los también hispalenses Esquivel, Gutiérrez de la Vega y José María Romero. Por último, el tema literario, género apegado a la pintura de historia, aunque más atractivo por sus propios asuntos, sobre todo el cervantino, cargado de desenfado y gracejo.

La obra que comentamos de Rafael, el mayor de los hermanos, pertenece a la etapa de plenitud artística correspondiente a su juventud madura, dos años antes de morir con veinte de edad. Tan malogrado pintor, que apenas si tuvo tiempo de recorrer el camino natural de todo artista, se muestra ahora seguro en la interpretación de un tema costumbrista y atractivo: dos jóvenes, tal vez hermanas, se disponen a faenar en una playa en busca de los frutos de un mar meridional español, supuestamente el Atlántico gaditano. Ambas posan junto a unas rocas descalzas con los pies en la arena; se hallan ataviadas con atuendos adecuados y los utensilios necesarios. Da la impresión que esperan ser captadas por el artista como si de un retrato al natural y al aire libre se tratase. Una, al parecer la mayor, algo rubia y de más estatura, con camisa abierta y corpiño, se sube la falda roja con la mano diestra dejando ver las enaguas al tiempo que sujeta con la contraria la cesta que porta en su cabeza sobre un rodete conteniendo la azada y otros útiles; su morena compañera, también con camisa y falda oscura, porta con la mano diestra otra azada así como con la siniestra una pequeña vasija de barro para guardar las coquinas, que colocará también en la cabeza sobre su rodete.

En rigor, la obra es un paisaje con figuras: hermosa marina con velero al fondo y amplísimo celaje nuboso. Tal vez, que sepamos hasta el presente, la única de esta temática que el pintor realizó en su breve actividad pictórica y como consecuencia de algún viaje fortuito al hermoso litoral gaditano, posiblemente la playa de Chipiona, de blanca y cálida arena.

Por otra parte, el cuadro es el resultado de la formación artística de su autor bajo el magisterio de Antonio María Esquivel, quien le inició por el camino correcto del dibujo académico, como denota la morfología de las figuras estatuarias de las jóvenes coquineras, que sigue los preceptos puristas recogidos en el libro Tratado de Anatomía Pictórica (1848), y en algunas obras del mismo pintor.

Gerardo Pérez Calero