La Verbena
Cecilio Pla y Gallardo

La Verbena

c. 1905
  • Óleo sobre papel adherido a lienzo

    48 x 38 cm

    CTB.2010.13

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

La mirada de Pla se proyecta sobre diversos ámbitos temáticos, pero es en la anécdota, en la narración cotidiana o en el melodrama donde encuentra su mejor inspiración. Su costumbrismo no es el folclorista de la generación anterior, ni el idealista de las nuevas generaciones de artistas, como Zuloaga o Romero de Torres, sino un costumbrismo de la vida contemporánea muy atento a los ámbitos de sociabilidad y a las expansiones y problemáticas familiares de las clases medias y populares, lo cual le orienta en ocasiones hacia un relato castizo de un madrileñismo de género chico. Sus protagonistas pueden ser costureras, niñeras, lavanderas, floristas… y los ambientes en que se desenvuelven son tanto el hogar como la calle, los cafés, los paseos, las verbenas, la corrala... Es el costumbrismo del Madrid chulapón, urbano y popular que prima en buena parte del género chico, con mujeres honestas y alegres que acuden a las verbenas y fiestas ataviadas con coloristas mantones de Manila y de hombres de todo tipo de condición social que se desenvuelven con espontaneidad en esos ambientes. La elegancia y el chic moderno del medio burgués tienen también su espacio en el amplio repertorio iconográfico de sus tipos urbanos. El universo de Pla conecta en cierto sentido con el mundo galdosiano, o está más próximo quizás al de Pardo Bazán. En este sentido fue muy aguda la observación de José Francés al indicar ciertas similitudes entre los asuntos de Pla y el teatro de Benavente. Lafuente Ferrari incidió con posterioridad en esas relaciones literarias y su faceta más o menos modernista. Como en el género chico refleja unos conflictos y situaciones vividas en la ciudad de entresiglos.

Las distintas fases de la relación amorosa, desde la seducción al conflicto, es un discurso que se desarrolla a lo largo de la producción de Pla, aunque es la faceta más amable la que generalmente prima. Si en lienzos de gran formato como Lazo de unión (1895, Madrid, Museo del Prado) presenta el melodrama del conflicto matrimonial, en obras como la que ahora se presenta afronta la visión risueña y desenfadada, la relación entre dos jóvenes en la verbena; el encuentro fortuito en el escenario urbano de un día festivo, donde la calle engalanada de luces refleja el ambiente nocturno animado y bullicioso. Una imagen placentera de la ciudad en la cual el tipismo sentimental no mitiga su valor de crónica de la vida urbana. Aunque Pla es conocido principalmente como un pintor de escenas luminosas, ésta en realidad es sólo una faceta de su creación que se proyecta especialmente en las vistas de playas, pues Pla es también en ocasiones un pintor de la noche, hay varios los lienzos y pequeños estudios de vistas de la vida nocturna que así permiten afirmarlo. Desde luego que no tiene nada que ver con las visiones nocturnas de la vida canalla que los artistas de la vanguardia y de la bohemia prodigan. El cabaret no es el ámbito de la noche de Pla, sino la verbena o el café a todo lo más. Degeneración y decadentismo no cuadran por lo general en su iconografía. Cuando las mujeres de Pla se exceden hay un confesionario o iglesia donde acudir para hacer efectivo el arrepentimiento. De todas maneras la noche festiva es propicia al solaz y al devaneo y esta pintura lo demuestra.

La escena gira, pues, en torno al encuentro fortuito entre la joven del pueblo, cubierta con mantón de Manila, y un joven dandi que pasea por la calle. A la izquierda aparece de perfil otra joven, de cabellos más claros, cubierta con un mantón azul, que parece ajena al suceso; casi oculta queda la tercera que se sitúa más al fondo mirando con curiosidad el encuentro de la pareja. El joven tiene una imagen muy cuidada, va vestido con chaqueta, chaleco, pajarita y un sombrero, ligeramente echado hacia delante, que ensombrece parte del rostro y le da un aire más seductor; lleva el bigote bien atusado y sus manos son delicadas y finas. La muchacha está delante de varias macetas de claveles del puesto de una florista donde quizás ha comprado la planta que lleva. Pero el nudo del argumento o anécdota del cuadro es que el fleco del mantón de la muchacha se ha enganchado en el botón de la chaqueta del hombre y este simple accidente puede dar pie a un cambio en el rumbo de la fiesta y hasta en la vida de ambos. El joven desenreda con sus manos el fleco pero a la vez sujeta el mantón, el roce de sus prendas se convierte, utilizando una definición muy en la línea de Pla, en un «lazo de unión». Como un pez, el joven ha caído en la red del mantón. La joven no puede hacer nada para remediar al simpático accidente, pues lleva en una mano un llamativo abanico rojo, que contrasta con el tono claro de su mantón, y en la otra una maceta que ha comprado en la feria; una azalea que las mujeres adquieren por tradición en las verbenas o romerías para adornar el balcón o el interior de la casa. Detalles todos ellos insignificantes pero expresivos de una actitud y sensibilidad. La joven gira la cabeza esbozando una dulce sonrisa y el joven, en vez de mirar el botón que está desenredando, dirige la vista hacia la cabeza de la chica buscando sus ojos. Puede que ese cruce de miradas ya se hubiese producido antes pero el azar ha facilitado la comunicación entre ambos, y ése es el instante preludio del flirteo, el que Pla ha querido expresar en su óleo.

El argumento dulce y sentimental está tratado con gracia, pero la resolución plástica del conjunto deja ver la maestría con que están plasmados detalles como la perspectiva urbana nocturna, dominada por el fondo luminoso de un edificio público engalanado, diríase que es un salón de baile o puerta de casino de donde ha podido salir el apuesto joven. Aunque el grupo protagonista llena el primer plano, resulta de gran interés este paisaje urbano en el que Pla despliega su habilidad y gusto por reflejar el efecto multitudinario de la calle de manera sintética, al igual que lo hace en las vistas soleadas de la Malvarrosa valenciana. En el cuadro en cuestión, Pla emplea una pincelada suelta, muy segura, que se hace un tanto impresionista en los detalles del paisaje y las flores, la cual también le resulta muy eficaz para sugerir de manera sintética el bullicio y dinamismo de la fiesta. El colorido está armonizado y equilibrado, Pla era un buen técnico en el estudio del color. El rosado del mantón y el verdoso de la chaqueta se complementan y armonizan de manera simbólica. La muchacha muestra un rostro de líneas un tanto difuminadas, que es una de las características formales de lo que podría definirse como expresión del modernismo del pintor valenciano, al igual que la dulce sonrisa de la joven es muy propia de todas las mujeres de Pla. La obra podría datarse en torno a 1905.

Francisco Javier Pérez Rojas