La salida de la iglesia
Prudencio Herreros Amat

La salida de la iglesia

s.f.
  • Óleo sobre lienzo

    60 x 90 cm

    CTB.2012.9

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

El preciosismo de la pintura valenciana deriva a finales del siglo XIX hacia el cuadro de género que se deleita en los momentos y escenas idílicas de la vida rural. La belleza de la huerta, sus tipos y paisajes, son depositarios de la identidad de un pueblo que vence los excesos del progreso y los desequilibrios derivados del impulso de la industria en el escenario de la modernidad. La tensión de la realidad social de entresiglos es compensada por el arte que ahonda en los modos y costumbres de los tipos rurales a partir de un concepto de pintura exquisita, de compensación de gesto y realismo, capaz de capturar, al mismo tiempo, la esencia del carácter y las cualidades atmosféricas, potenciando la plasticidad.

En ese punto exacto de pintura efectiva se sitúa esta obra de Prudencio Herreros Amat, conocida como La salida de la iglesia, momento crucial en el ritmo de la vida cotidiana y un tema habitual de los pintores coetáneos, interesados en capturar los tiempos de determinados pueblos de la huerta valenciana. Así lo hace José Benlliure en su Salida de misa en Rocafort (Museo de Bellas Artes de Valencia), desde una factura impactante de riqueza descriptiva en forma y emoción, o Ignacio Pinazo que, en sus apuntes de Godella, es capaz de captar el sonido y la vibración del gentío a partir de gestos y manchas de color que abren la pintura a la modernidad. Ambos constituyen dos extremos en el horizonte estético de la pintura valenciana de costumbres en el cual se posiciona la obra de Herreros Amat.

La composición nos ubica en el ángulo derecho de una plaza que se abre hacia un callejón ascendente e irregular, delimitado por las casas de tejado bajo, portones de medio punto y fachadas encaladas, propias de los barrios de la huerta. Un cruce de líneas compositivas nos permite asistir a una escena en la que participan diversos personajes como testigos de un acontecimiento de fiesta: la celebración de un bautizo. La madre encabeza la comitiva de salida con el bebé en brazos ataviado con el tradicional faldón de gasa y encajes color marfil. Le siguen los padrinos y otros familiares que se dirigen hacia el carro para proseguir el festejo. La escena recoge el momento justo en el que el padrino lleva a cabo el ritual de lanzar peladillas a los niños que se acercan atraídos por la llamada de los familiares y el sonido de las campanas, y recogen del suelo los ricos dulces.

Es un día de fiesta. Para ello se han engalanado con la indumentaria valenciana más exquisita de sedas, encajes y mantillas. La pincelada justa, sabia en empastar los colores y de aplicación precisa en la definición de las formas y texturas, se combina con la factura rápida e imprecisa para crear el efecto las transparencias de los ropajes o incluso definir la profundidad de los personajes del fondo, creados a base de simples manchas de color. Con esa técnica magistral, Herreros Amat realiza un ejercicio de descripción exhaustiva de los tipos y su indumentaria a la manera de los maestros valencianos como Bernardo Ferrándiz, Joaquín Agrasot, Vicente Castell o Puig Roda. Las mujeres llevan traje de corpiño de raso o terciopelo de manga larga y falda de amplio vuelo con alegres estampados florales, complementados con las finas manteletas de tul, de delicados bordados en oro y plata a modo de delantal o anudados al cuerpo, mientras que la madrina porta el característico terno negro sobre chal azul. Esa puesta en escena se culmina con las joyas, aderezos y el peinado de tres moños sostenidos por agujas y engarzados con peineta.

Entre ellos, el padrino es el que luce una mayor elaboración en sus vestiduras de labrador, con calzón gris azulado, chupa clara y camisa con puntillas en la pechera y en la cintura enrolado el habitual fajín. Completan las alpargatas de careta atadas al tobillo y medias taloneras con tirilla de color verdoso y, en la cabeza, la rodina, sombrero de copa baja y terciopelo negro sobre pañuelo anudado cua darrere para los días de fiesta.

Todo ello hace de esta obra un testimonio visual de costumbres, abordado con el recurso de la composición en aspa que permite la convergencia de diversos grupos simultáneos que convierten la anécdota en un elemento enriquecedor en el relato de lo cotidiano.

Así pues, al tema general de los tipos de la huerta se suma la ponderación del trabajo agrícola, con los labradores portando la cosecha de la derecha, y la escena de cortejo compuesta por las mozas que salen de la puerta barroca de la iglesia y que desvían, con gracia y fingida indiferencia, el flirteo del joven labrador. Su declamación jocosa es interrumpida por la presencia del monaguillo que emergiendo del interior parece gesticular reclamando silencio.

Esa conjugación de elementos hacen de esta Salida de la iglesia una obra clave en la trayectoria del artista y que probablemente podamos identificar con la obra titulada Bautizo valenciano que Herreros Amat regaló a la Infanta Isabel «La Chata» y que le valió el nombramiento de gentilhombre de cámara de su majestad.

Alejandro Villar Torres