La Feria de Sevilla
Joaquín Domínguez Bécquer

La Feria de Sevilla

1867
  • Óleo sobre lienzo

    56,5 x 101 cm

    CTB.1994.35

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Entre todos los festejos que se celebraban anualmente en la ciudad de Sevilla, fueron la Semana Santa y la Feria de Sevilla, más conocida como Feria de Abril, las que más llamaron la atención de los pintores costumbristas del siglo XIX, que plasmaron los aspectos más pintorescos de estas dos fiestas y que continúan siendo en la actualidad las más importantes de la capital andaluza, tanto por la vistosidad de ambas como por su singular poder de convocatoria.

La Feria de Sevilla fue una iniciativa de los industriales José María Ybarra y Narciso Bonaplata quienes, el 25 de agosto de 1846, propusieron al Ayuntamiento instituir a partir del año siguiente una feria de ganado «vacuno, lanar y caballar», que además fuera motivo de festejo popular, debiendo instalarse con el «aparato y suntuosidad que tan preferente objeto merece»1. Así, desde su mismo nacimiento, el carácter mercantil de toda feria agrícola y ganadera quedó envuelto por el aire bullicioso, lúdico y exhibicionista de la fiesta popular, del que dejaron buen testimonio los artistas románticos, y que ha predominado hasta nuestros días.

Así, la feria se extendía a lo largo del Prado de San Sebastián, extramuros de la ciudad, donde se levantaban las casetas de los feriantes y acudían las gentes de toda clase y condición a transitar por el paseo, saborear los productos de la tierra, cantar y bailar, como una verbena en la que, no obstante, quedaba bien patente el diferente rango social de sus visitantes.

De todo ello da muy bello testimonio este atractivo lienzo de Bécquer, en el que puede verse la puerta de San Fernando formando parte de la muralla, tras la que asoma la arboleda de los jardines de los Reales Alcázares y, al fondo, el caserío de la ciudad, sobre la que destaca, imponente y poderosa, la catedral con la Giralda.

A los pies de la muralla los feriantes instalan sus tiendas, casetas y entoldados. Entre ellos, varios caballeros y damas de la alta sociedad pasean a caballo o en coche, para no mezclarse con el gentío. En el extremo izquierdo, unos ganaderos se aprestan a comer de una olla común, a la sombra de un árbol. A su lado, otro exhibe para su venta un caballo árabe, pudiendo verse la hilera de casetas multicolores, ante las que una fríe y vende buñuelos y otros intentan vender un burro maltrecho a un inocente comprador.

En esta deliciosa escena festiva de la vida sevillana, Joaquín Domínguez Bécquer deja bien patente su maestría en la observación pintoresca de los diferentes tipos populares que acuden a la feria, descritos con una minuciosidad colorista y anecdótica, de gran efecto narrativo, que consigue atraer irresistiblemente la atención del espectador.

Este mismo artista había pintado en 1855 otro aspecto de La Feria de Sevilla, tomada casi desde el mismo ángulo, aunque con distinto formato y composición, en la que tan sólo se repite la figura de la buñolera, siendo las más conocidas panorámicas de esta fiesta popular las pintadas por Andrés Cortés y Aguilar (1810-1879) y Manuel Rodríguez de Guzmán (1818-1867).

El cuadro ha de datarse el mismo año que su pareja, Baile en el exterior de una venta (p. *), de idéntico formato y carácter, firmado en 1867.

José Luis Díez