La corrida de la pólvora
Salvador Sánchez Barbudo

La corrida de la pólvora

c. 1900
  • Óleo sobre tabla

    36 x 78 cm

    CTB.1995.52

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Entre todas las fiestas y costumbres típicas del pueblo árabe, la corrida de la pólvora fue, sin duda, una de las festividades que causó más fascinación entre los pintores orientalistas del siglo XIX que, llegados de toda Europa, viajaron a tierras africanas seducidos por el colorido y exotismo de una civilización extraña al mundo occidental y descubierta a partir de las campañas napoleónicas.

En efecto, el festejo de correr la pólvora, consistente en la carrera desenfrenada de un grupo de jinetes por una llanura abierta, ejecutando peligrosas maniobras con sus caballos mientras disparan continuamente sus espingardas, permitía a los pintores orientalistas plasmar en todo su fragor el movimiento frenético de las cabalgaduras al galope, envueltas sus patas en el polvo de la arena desértica, mezclado con el humo de la pólvora y las figuras gesticulantes y enfebrecidas de los caballistas, enarbolando sus armas y luciendo sus vestiduras multicolores.

Sánchez Barbudo quiso también sumarse a esta moda y desde Roma pintó su interpretación de la fiesta árabe en esta tabla, tomando seguramente como referencias apuntes o fotografías ajenas, ya que no consta que el artista viajara nunca a África.

El cuadro, pintado con asombrosa rapidez y una técnica extraordinariamente temperamental y sintética, muestra la elegancia de Sánchez Barbudo en el planteamiento de la composición, marcadamente horizontal, así como su estilo más personal, ya de plena madurez, trazando las figuras y los elementos del paisaje con toques breves, que apenas sugieren sus contornos, y a base de manchas puras de color rayanas en la abstracción en algunas zonas, como en la parte derecha, donde casi no se distingue a los timbaleros que, a lomos de sus camellos, marcan el ritmo de la cabalgada.

Por otra parte, queda bien patente en esta obra el sentido decorativo de Sánchez Barbudo en el uso del color, brillante y encendido, así como sus asombrosas dotes para la captación instantánea del movimiento, bien visible en el caballo del primer término.

José Luis Díez