Jaleando a la puerta del cortijo
Manuel Cabral Aguado Bejarano

Jaleando a la puerta del cortijo

1854
  • Óleo sobre lienzo

    64 x 50 cm

    CTB.2002.2

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Una muchacha vestida de rosa toca palmas, mientras se dispone a bailar la música que otra joven interpreta con su guitarra. Varios personajes las contemplan o las siguen con las palmas, como un chiquillo sentado en el suelo, a la derecha, que recuerda a los pilluelos de los cuadros de Murillo. Detrás de este grupo se ven los muros de un cortijo y, a la izquierda, tras una pareja de caballos, se divisa en la lejanía un garrochista a caballo llegando a una pequeña aldea, y algo más lejos, otra población de mayor importancia.

Puede apuntarse una identificación del entorno representado gracias a otra pintura de Bejarano recientemente aparecida en el comercio madrileño, y que seguramente reproduce la misma construcción descrita en este cuadro, con ligeras modificaciones. Titulada Llegada del conde del Águila a su finca de Aldehuela, en ella se reconoce, no sólo una arquitectura muy similar con detalles paralelos, como la entrada, con el vano recto seguido del arco de medio punto que da paso a un patio, y que repite el mismo farol en su interior en los dos casos, o la parte de la izquierda de la tapia, con un tragaluz cruciforme, o sobre todo el fondo de paisaje, sino que incluso se reiteran algunos de los personajes, como la pareja que en el cuadro de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza está tras la protagonista de la composición y que en esta nueva obra figuran, de idéntica forma, junto a la puerta de acceso al cortijo.

Este correlato formal podría llevar a identificar la escena de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza con la misma finca del conde del Águila en Aldehuela, de confirmarse que, en efecto, la identificación del cuadro de comercio atribuido a Cabral Bejarano representa dicho paraje. Los condes del Águila poseían su casa solariega en Arcos de la Frontera (Cádiz), sin que pueda identificarse con exactitud dicha Aldehuela, tratándose seguramente de alguna posesión de labor y esparcimiento de los nobles en la propia Andalucía.

Para recrear la naturaleza, Cabral Bejarano empleó una técnica fácil, abocetada y breve, que enmarca las figuras de la escena en un paisaje que recuerda la pintura de los primitivos flamencos, graduando con azules el lejano horizonte. Algo más refinadas y completas, destacan por los brillantes coloridos las figuras, en cuyo detallismo emplea su técnica más hábil y dibujística, subrayada por la notable iluminación, fría y cenital, que reciben.

La obra ingresó, procedente del comercio madrileño, junto con El puesto de buñuelos (p. *), de características formales y dimensiones paralelas, con el que forma pareja, aunque sus asuntos, más allá de lo festivo de su contenido, no guardan entre sí ninguna relación.

Carlos G. Navarro