Idilio pastoril
Eduardo Flórez Ibáñez

Idilio pastoril

s.f.
  • Acuarela sobre papel

    42 x 63 cm

    CTB.1998.15

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

La percepción tardorromántica que se aprecia en esa visión cósmica y totalizadora de la naturaleza imponiéndose –y casi aplastando– a las minúsculas figuritas masculina y femenina –justificativas del título– cobijadas en ese casi amenazador e híspido árbol, no está reñida –al igual que sucede con su maestro Haes– con esa seca precisión topográfica tan característica del realismo del gran pintor hispano-belga. Aquí, frente a un celaje con nubes y efectos de arrebol que ocupa casi la mitad del cuadro, la tierra viene representada en ese humilde campo animado por un casi imperceptible riachuelo, sobresaliendo en ella esos dos fantasiosos árboles de hirsutas ramas que ocupan el lateral izquierdo.

Estos perfiles arbóreos no son raros en el paisajista, que los utiliza en otras idílicas vistas campesinas como la titulada Paisaje con ganado –acuarela, 32 x 49 cm, firmada como «Florez» en el ángulo inferior izquierdo, en el comercio (Madrid, Subastas Durán, 24 de marzo de 2009, lote n.o 1.123)–, que lo es de vacas pastando en una evanescente atmósfera –propiciada por las calidades acuarelísticas– que ayuda a entender la curiosa aunque algo exagerada apreciación del Diccionario Bénézit, que le considera pintor sobre todo de paisajes animados, de tanto más interés en cuanto que resulta manifiestamente influido por Turner, buscando los efectos dorados del sol a través de la bruma o los azulados de bruma en los ríos (Bénézit 1999, vol. IV, p. 528).

En esa misma línea de su producción acuarelística que conserva tales cualidades cabe citar otra sin título pero que ofrece unos hórreos asturianos –acuarela, 57 x 93 cm, firmada y fechada en 1890, también en el comercio (Madrid, Subastas Fernando Durán, 2 de julio de 2007, lote n.o 54)–, que nos reafirman en lo que ya señaláramos en su reseña biográfica (Casado 1999) sobre la abundancia de paisajes asturianos en su producción, casi la totalidad de las catorce obras expuestas en las Nacionales de Bellas Artes en que intervino, entre 1873 –aunque esta exposición no fuera artística sino de fomento– y 1895. Bien es cierto que ello no significa que la acuarela que catalogamos sea un motivo paisajístico del Principado –más bien nos inclinaríamos por una vista del Guadarrama, aunque no tengamos argumentos para tal suposición– pero el dato sirve para sospechar la presencia de Flórez en una o más campañas por tierras asturianas (no se olvide el protagonismo de esta región en la pintura paisajística española a través de la llamada colonia artística de Muros de Pravia, fundada por Casto Plasencia al reunir entre 1884 y 1890 a numerosos paisajista españoles amigos y discípulos: Barón 1993, pp. 352 y 368-269; Casado Alcalde 1987, II, pp. 875-877, y Casado Alcalde 1990, p. 59).

Además de las diversas campañas de Flórez reproduciendo la topografía asturiana, los títulos de sus obras anotados en los testimonios más tempranos (Ossorio y Bernard 1975, p. 248; Enciclopedia Universal... 1924, tomo XXIV, p. 152), dejan ver que sus paisajes abarcaban otras regiones como Galicia (Orillas del Sil, por ejemplo) o Aragón (Campiña del Monasterio de Piedra, que lleva a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1876 y lugar éste también estudiado por su maestro Haes y por el más fiel discípulo del hispano-belga, Jaime Morera, que acompañaba al maestro en una campaña fechada hacia 1872-1873, aunque Haes –que regresó allí en diversas ocasiones– ya había estado en esa comarca aragonesa en el verano de 1856 invitado por Federico Muntadas, un entusiasta de la región que desde la literatura –de una forma paralela, bien que más modesta, a la que la Generación del 98 potenció el Guadarrama como base regeneradora de lo español a partir de lo castellano– quiso también dar a conocer ese lugar de la provincia de Zaragoza, llegando incluso a publicar el libro El Monasterio de Piedra, Madrid, 1871 [reed. Zaragoza, 1969]; reciente referencia a estos datos puede verse en Gutiérrez Márquez 2002, pp. 19-20).

Asimismo, y siempre a partir de la relación de títulos de sus obras, Flórez estudió paisajes del entorno de Madrid, desde La Moncloa hasta la acuarela del Palacio Real de Aranjuez visto desde la Isla (1886), pero más interesante es precisar algo de lo que afirmábamos en la reseña biográfica ya citada del pintor que nos ocupa (en el catálogo de 1999 de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza): hizo más marinas de las que sospechábamos en ese momento y hay ya alguna imagen visible de cuadros suyos que permite superar la expresión de entonces de que ignorábamos «el efecto de sus óleos»; así, Pesca en el río –óleo sobre lienzo, 41 x 55 cm, firmado como «Florez», en el comercio madrileño (Subastas Segre, 16 de marzo de 2010, lote n.o 61)–, o también Cascade de l’entreseque –óleo sobre lienzo, 147 x 98 cm, firmado y fechado en 1868, colección particular–. Pero sigue siendo válida la conclusión que entonces escribimos, el hecho de que «hemos de considerarle [a Eduardo Flórez Ibáñez] un aplicado practicante de la acuarela ejercitada sobre todo en paisajes» (Casado 1999, p. 138).

Esteban Casado