Entrada a los toros, sol
Eugenio Lucas Villaamil

Entrada a los toros, sol

c. 1885
  • Óleo sobre tabla

    28,5 x 55 cm

    CTB.1995.47

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Esta atractiva pareja de tablas constituye un testimonio muy significativo del arte más personal de Eugenio Lucas Villaamil, continuador en la segunda mitad del siglo XIX de la estela iniciada por su padre, Eugenio Lucas Velázquez, en la pintura de escenas costumbristas de inspiración más o menos goyesca, ambientadas en el Madrid castizo de la época carolina y protagonizadas por majas y chisperos, de gran pintoresquismo y sabor popular.

En esta ocasión ilustra, con indudable gracia y evidente acento anecdótico, el aspecto de los alrededores de una plaza de toros antes de una corrida en un día luminoso y soleado y la apresurada salida del coso –seguramente interrumpido el festejo– durante la caída de una tromba de agua con aspecto de tormenta de verano.

Así, en la primera escena pueden verse varios grupos bulliciosos de figuras menudas que acuden a la plaza. En primer término está instalado un puesto de naranjas, al que se acercan a comprar varias manolas y chisperos, como provisiones para el festejo. En la otra tabla, varias damas tocadas con mantillas se apresuran a subir a un coche de caballos, mientras otros personajes tratan de sujetar sus paraguas, impulsados por el viento, en medio de un gran barrizal.

Sin duda alguna, es este tipo de obras donde Lucas Villaamil deja lo mejor de su producción, de planteamientos estéticos e intereses muy diversos, que sucumbe cuando afronta la mediocre imitación del estilo de su padre y no pasa de discreta en sus retratos.

Sin embargo, en estas pequeñas escenas, de pretensiones eminentemente decorativas y argumentos pintorescos e intrascendentes, Lucas demuestra sus facultades como ilustrador, no siempre bien valoradas, insistiendo en el dibujo de los perfiles de figuras y objetos, iluminados con colores puros, aplicados en algunas zonas con suaves transparencias, casi a modo de acuarela, con curiosas conexiones con el arte de Ángel Lizcano, resolviendo con gran efecto plástico la zona del suelo encharcado de agua. Su toque, menudo y chispeante, su alegría colorista, lo pintoresco de sus argumentos y su indiscutible habilidad compositiva para la disposición de los personajes conceden a las escenas un indudable atractivo, de gran éxito en su tiempo, que obligó al artista a la repetición casi en serie de este tipo de composiciones. En efecto, entre otras conocidas, el Museo de La Habana conserva un lienzo titulado Afueras de la antigua plaza de toros de Madrid, también en día de lluvia, muy semejante en su composición y medidas –28,1 x 47 cm– al cuadro que aquí se cataloga.

Identificado también el coso que aparece en estas dos tablas como la Antigua Plaza de Toros de Madrid en el título con que fueron subastadas, ha de descartarse por completo tal identificación, ya que el aspecto de la derruida plaza aledaña a la Puerta de Alcalá es bien conocido por estampas y maquetas y, además de su tamaño monumental, constaba de dos hileras superiores de ventanas y no una, como la que aparece en el cuadro. Por contra, ha de tratarse con toda probabilidad de una pura invención del artista, aunque tomando lógicamente como referencia alguna de las plazas menores existentes entonces, respondiendo al modelo de las construidas desde fines del siglo XVIII a mediados del siglo XIX.

Finalmente, la contemplación simultánea de las dos tablas permite advertir a simple vista la rapidez y cierto descuido con que Lucas Villaamil afrontaba este tipo de trabajos, existiendo notables diferencias en el escenario de ambas. Así, en la escena lluviosa los árboles tienen distinta disposición, desaparece el frontón, la bandera y el tejadillo de la plaza, y están completamente transformados los edificios aledaños.

José Luis Díez