En la Romería de Torrijos
Manuel Cabral Aguado Bejarano

En la Romería de Torrijos

1883
  • Óleo sobre lienzo

    69 x 99 cm

    CTB.2003.14

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

  • Obra en préstamo

    Exposición: Canciones de ida y vuelta- Imágenes musicales en la pintura iberoamericana

    Museo del Fado y Sociedad Nacional de las Bellas Artes. Lisboa

    Del 02 de octubre al 22 de marzo 2018

La pintura representa la romería del Santo Cristo de Torrijos, la más importante de la comarca del Aljarafe. En ella, los romeros van en peregrinación desde la localidad de Valencina y desde otras próximas hasta la ermita donde recibe culto el Cristo, en la hacienda de Torrijos, situada junto a la carretera que va de Valencina a Salteras. La romería tuvo su origen el 29 de septiembre de 1600, fecha en la que se descubrió una imagen de Cristo atado a la columna, y se celebró en ese día, festividad de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, hasta 1923, año en que se fijó para el segundo domingo de octubre.

La obra pertenece al último período de la pintura de Manuel Cabral, en el que el artista busca un preciosismo cromático que va unido a menudo a cierta afectación en las actitudes de las figuras. Como en otras obras del artista, éstas son muy numerosas en el lienzo, distribuyéndose en torno a dos parejas que bailan a los sones de guitarra y pandereta, acompañándose con castañuelas. El sombrero en el suelo, en primer término, indica cómo se ha iniciado el baile, pues era costumbre que los hombres lo arrojaran a los pies de una moza para incitarla a bailar, como ha debido hacer el majo del centro, que no lo lleva. Los romeros, cuyos engalanados carros se ven a izquierda y derecha, han hecho un alto en el camino, que muestra al fondo un cortijo o hacienda, quizá la de Torrijos. El artista ha incluido, buscando la variedad, distintos tipos, entre ellos los jinetes, que dominan la composición, una mujer que amamanta a un niño, varios campesinos, una gitana y dos guardias civiles, entre numerosos jóvenes de ambos sexos, y ha tratado de dar una expresión amable y alegre a los personajes, de los cuales la bailarina del centro mira con picardía al espectador. Destaca la belleza de las figuras femeninas, ricamente ataviadas con vestidos de faralaes y mantones de Manila, zarcillos en las orejas y rosas en el pelo. La escena se enmarca entre un bodegón y un florero, integrados en ella. El primero, a la izquierda, junto al perro, presenta las viandas en un serillo de mimbre y en un capazo de pleita de esparto. El segundo es una enramada o ramo para la ofrenda, al que aún agrega unas flores la joven del mantón rojo. La cuidada ejecución y el primoroso colorido dan idea de las calidades de las diferentes telas. En el suelo, donde se ven efectos de esgrafiado o rascado en la parte inferior derecha para simular las hierbas secas, la factura es muy suelta, como en los árboles situados a ambos lados de la composición.

La obra, firmada en 1883, fue uno de los dos envíos del pintor a la Exposición Nacional de Bellas Artes del año siguiente, donde no llegó a suscitar el interés de los principales críticos ni la atención del jurado. A pesar de que no obtuvo sino tres menciones honoríficas en 1858, 1860 y 1867, quedando siempre al margen del reparto de medallas, Manuel Cabral Bejarano acudió con asiduidad a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de Madrid, concurriendo a cuantas se celebraron entre 1858 y 1890. Precisamente a la que tuvo lugar en este último año envió una obra con el mismo asunto, pero de mayores dimensiones que ésta.

Javier Barón