El puesto de buñuelos
Manuel Cabral Aguado Bejarano

El puesto de buñuelos

c. 1854
  • Óleo sobre lienzo

    63,5 x 50 cm

    CTB.2002.1

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

La Feria de Sevilla, por vez primera celebrada en 1847, se convirtió, en virtud de su capacidad regeneradora de la actividad mercantil de la ciudad, en uno de los hechos sociales de mayor relevancia en la capital hispalense –junto con las celebraciones públicas de la Semana Santa–, sin que falte desde sus mismos orígenes un rico repertorio iconográfico que comprende fotografías, escritos y, desde luego, pinturas, que ilustran a la perfección su carácter festivo.

Sobre el Prado de San Sebastián, a las afueras de Sevilla, se instalaban casetas y puestos que promocionaban las transacciones de todo tipo, para las que se había ideado la feria, y lo que es más importante, favorecían también el encuentro social. De ese modo, se convirtió en el lugar por antonomasia para la complacida exhibición de los propios sevillanos, de modo que se veían orgullosamente reflejados en las imágenes que ésta generaba.

La composición de la presente obra –que se repite en muchos cuadros y algunas fotografías, como la de Beauchy, Las buñoleras en la feria (colección particular), que representa a «la famosa buñolera del Salvador»–, se centra en torno a un apuesto jinete sobre un caballo alazán pálido ricamente enjaezado, que toma buñuelos de un plato que le ofrece una gitana. Ante su montura, una niña rubia pasea con dos buñuelos sujetos por un junco verde. Tras el caballero pueden verse varios grupos de figuras: una mujer, sentada a la puerta de su caseta, prepara más buñuelos, mientras dos hombres la acompañan; al otro lado, un jinete se aleja del primer término con una moza sentada a su grupa que saluda a un majo que, de pie, le devuelve la atención. Todos ellos destacan por desenvolverse con una gestualidad narrativa puramente escenográfica, que bien podría proceder de los cuadros de costumbres teatrales y de los sainetes que se representaban ya por entonces como entretenimiento de las clases populares.

Bejarano resuelve esta pintura de forma virtuosa, atento a los detalles anecdóticos, e interesado también por las composiciones de alguna complejidad incluso para el pequeño formato, dada la disposición de las figuras en torno a la del caballista central. Sin embargo, el pintor cometió ciertas incongruencias compositivas, como la dirección del viento que despliega las banderas sobre las casetas, contraria a la que mueve la copa del árbol situado inmediatamente detrás, o las escalas, no siempre consecuentes, de las figuras humanas. Pese a ciertas zonas de dibujo más rígido, como el perfil de la gitana que ofrece el plato al jinete, o la propia silueta del protagonista y su montura, enfatizadas por la luz fría y cenital, como de estudio, a la que está sometida toda la composición, prevalece en esta pintura lo atractivo del color, que el maestro hispalense maneja de un modo valiente, seguramente inspirado en la viva experiencia de la feria, famosa precisamente por lo atractivo de su típico encanto local.

Esta pintura tiene su pareja en la titulada Jaleando a la puerta del cortijo (p. *), con la que ingresó en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, pero con la que no mantiene ningún correlato argumental, más allá de representar ambas episodios festivos de ambientación andaluza.

Carlos G. Navarro