Días de verano
Vicente Palmaroli

Días de verano

c. 1885
  • Óleo sobre tabla

    44 x 32 cm

    CTB.2000.35

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Sentada frente al mar, junto a la orilla, una dama abandona un momento su lectura para volver la mirada al espectador. A pesar de su ubicación en plena playa, aparece vestida con un traje de falda larga de color morado con suntuosos adornos de encaje negro y delantal blanco, envuelta en un confortable echarpe, con un sombrero con blondas y plumas y pertrechada con una pequeña sombrilla. Parece estar tranquilamente acomodada, apartada del resto de veraneantes, junto a las sillas de anea que se empleaban para descansar cerca del mar y a otros útiles de playa y algunas ropas. Así, reservada y entregada a la lectura, sorprendida en su soledad, esta imagen de mujer veraneante posee un tono melancólico y refinado, propio del gusto de la alta burguesía europea del último cuarto del siglo y responde además a un estereotipo de feminidad burguesa bien conocido a través de la literatura, que tuvo su reflejo en una tipología artística perfectamente acuñada; iconografía que Palmaroli supo explorar con verdadero éxito comercial.

A finales del siglo XIX se consideraba muy sofisticado acudir a la playa con un traje propio de paseo, tal y como hace la protagonista de este lienzo. De hecho vestir de forma elegante junto al mar se convirtió en un signo de verdadera distinción muy poco tiempo después. Por esa razón Palmaroli eligió a menudo a mujeres ataviadas como ésta en plena playa, interesado siempre en representar imágenes en las que pudiera reconocerse la burguesía que se costeaba ese exclusivo tipo de ocio deportivo. Entre las mejores obras de esa iconografía destaca especialmente En vue del Museo del Prado, que es la más depurada versión de un asunto al que volvería muy a menudo en las décadas de los setenta y ochenta del siglo XIX y que culmina dentro de su producción con La confesión, también en el Prado, que es una de sus últimas creaciones inspiradas en esa imagen burguesa que muchos otros pintores, españoles y de toda Europa, pintarían también, pero con menor fortuna. Este cuadro de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza encaja muy destacadamente entre esas pinturas del maestro madrileño. Concorde con las características de estas obras, Palmaroli se esmeró en la ejecución de la figura que centra la composición, con pinceladas preciosistas de color atemperado, concentrándose especialmente en el rostro de la dama, al que concedió un cierto tratamiento sentimental presente hasta sus obras finales. Como es habitual en estas pinturas, la obra está realizada sobre una maciza tabla de lujosa madera, lo que provee al acabado de la pintura de una finura todavía mayor y de cierto aspecto de solidez acorde con las residencias para las que estaba destinado. Aunque la descripción del atuendo posee una jugosidad plástica y una brillantez tonal muy característica de las formas del pintor, el celaje y el horizonte, así como de la propia playa, fueron pintados sin embargo de una forma rápida y somera, con muy poca materia pictórica y atendiendo a un criterio paisajista de apunte en plein air, pero capaz de captar tanto el efecto lumínico del cielo encapotado de nubes como los amagados reflejos de luz plúmbea en la arena húmeda con un sentido claramente decorativo.

Palmaroli acudió a menudo a las playas de Trouville-sur-mer, en la normanda región de Calvados. Allí veraneó entre 1873 y 1883, en un entorno de moda, favorecido por la presencia de pintores y escritores célebres como Gustave Flaubert, Marcel Proust, Claude Monet o Eugène Boudin, todos ellos participantes a su modo, como el propio Palmaroli, de la trasmisión de la imagen que ahora tenemos de la más alta burguesía europea de ese momento. Es muy probable que la escena de esta pintura esté ambientada precisamente en esas playas de Trouville, dada una entonación plomiza típica del norte, que posee esta obra y que es la misma que desplegó en otras pinturas efectivamente allí ambientadas por el pintor.

Carlos G. Navarro