Corrida de toros en un pueblo
Genaro Pérez Villaamil

Corrida de toros en un pueblo

1838
  • Óleo sobre lienzo

    64 x 81,5 cm

    CTB.2000.68

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

En los arrabales de una población, y sobre la gran explanada que se extiende ante sus murallas, tiene lugar una corrida de toros, bajo la imponente silueta de su iglesia parroquial, de arquitectura grandiosa y monumental, con apariencia de colegiata, que se yergue majestuosa sobre un pequeño cerro.

En el centro del ruedo, construido con carretas formando un círculo, tiene lugar el festejo taurino, concurrido por un bullicioso gentío, en el momento en que un picador se dispone a ejecutar la suerte de varas, mientras otros toreros están al quite, a su alrededor. En el balcón del edificio que se destaca del caserío de la derecha se encuentra el palco presidencial, en el que se adivinan las autoridades locales, vestidas de negro. En torno a la cruz de término, situada en ese extremo, se apostan grupos de lugareños para contemplar mejor la lidia. Mientras, en el primer plano se distinguen los variopintos personajes que acuden al festejo: frailes, paisanos, tratantes, damas que pasean en calesas descubiertas, feriantes, músicos y vendedores ambulantes.

Este espectacular lienzo, que ha permanecido prácticamente inédito hasta su reciente aparición en el mercado madrileño, constituye una de las obras más interesantes de la primera madurez de Genaro Pérez Villaamil. Fechado en 1838, es sin duda el cuadro de mayor empaque y calidad de cuantos pintara con el mismo argumento el maestro gallego ese año. Se conocen al menos dos versiones más con idéntico título, pero de composición y resultados más comedidos que en la presente pintura.

En este caso, Villaamil emplea sus mejores dotes para el paisaje pintoresco monumental, género del que fue maestro absoluto en la pintura española de su tiempo. Despliega toda su capacidad inventiva al recrear la fisonomía de una población inexistente, de extraordinario efecto escenográfico, presidida por la impresionante arquitectura de una iglesia construida a base de retazos de elementos arquitectónicos reales, que Villaamil tomaría en sus apuntes durante sus viajes por las tierras de España, y que luego reelabora en su estudio con un curioso eclecticismo, dentro del más genuino espíritu romántico, hasta darles la apariencia de verosimilitud, encajando con sorprendente facilidad los distintos elementos con que va construyendo los edificios, a base de contrafuertes, bastiones almenados, portadas góticas monumentales, puertas fortificadas y torres mudéjares, que parecen evocar edificios aragoneses y que el artista despliega por todo el paisaje, modelándolos con un absoluto dominio de los lenguajes arquitectónicos. Por otra parte, Villaamil envuelve las distintas construcciones de la población en una luz dorada, marcando sus perfiles con bruscos contraluces, a base de sombras aplicadas con suaves transparencias tintadas, tan características de su estilo, hasta conseguir una curiosa apariencia de realidad, que confiere a este tipo de paisajes fantásticos de pintoresca inspiración española un atractivo irresistible, aderezado con las bulliciosas masas de gentío que las pueblan. En efecto, frente a muchos de los paisajes de Villaamil, en los que los personajillos que los transitan tienen una presencia absolutamente accesoria, en esta ocasión el pintor da un gran protagonismo al festejo popular que tiene lugar en el pueblo, envuelto en las primeras sombras del crepúsculo, para hacer resaltar aún más las arquitecturas monumentales, que se recortan sobre un cielo claro y nuboso surcado por numerosas aves. Así, Villaamil se detiene en cada una de las figuras, describiéndolas con primorosa minuciosidad, para destacar los aspectos más pintorescos de su apariencia e indumentarias, de intenso sabor popular, que completan el irresistible encanto del lienzo.

José Luis Díez