Calle de Sevilla
Manuel Wssel de Guimbarda

Calle de Sevilla

1881
  • Acuarela sobre papel

    68 x 53 cm

    CTB.2001.7

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

La acuarela representa un puesto de rosquillas, motivo que habían tratado numerosos pintores andaluces, entre ellos José Domínguez Bécquer, Manuel Cabral Aguado Bejarano y Manuel Rodríguez de Guzmán. La obra, pareja de la siguiente, es una réplica casi exacta del lienzo de esta misma Colección, titulado Vendedoras de rosquillas, pintado también en 1881. Un letrero en el lienzo que no figura en la acuarela permite identificar el lugar que ambos representan: la sevillana calle Conteros. En el óleo pueden identificarse algunos de los rótulos del cartel de anuncios: a la izquierda, los de los barcos «Segovia» y «Lafitte» y, a la derecha, un cartel de «Toros en Sevilla». En la acuarela desaparecen también otros detalles, como el lebrel que está tendido sobre el empedrado a la derecha y el barril junto al personaje de la esquina, pero se ve en cambio un pináculo de remate y un tejadillo por encima de la cubierta de la casa de la izquierda, que no están en el óleo.

La composición se enmarca entre dos casas, con reja, balcón y galería de arcos rebajados la de la izquierda, de muros de ladrillo; y con dintel de madera pintado de verde y columna corintia en el ángulo, la de la derecha, de muros encalados, cuyo bajo alberga una barbería, según indica el rótulo «Gabinete de afeitar y cortar». El pintor configura así un espacio casi escénico ante la casa del fondo, también encalada, al que incorpora, con un sentido de observación naturalista, la sombra que proyecta la balaustrada con remates de pináculos del edificio del otro lado de la calle, vecina a la catedral. Los grupos de figuras se disponen con claridad en el espacio delimitado por las construcciones. En los extremos hay sendas parejas en actitud de cortejo, en las que las mujeres aparecen con abanicos abiertos en la mano. En el centro se representan las tareas propias de un puesto de rosquillas: una joven, que tiene al lado un porrón de aguardiente con acanaladuras, vidriado en verde, procedente seguramente de Úbeda, y un pequeño lebrillo con harina, amasa y da forma a la mezcla en otro más grande de loza probablemente de Triana, decorada en verde1; otra, de facciones muy morenas que denotan su condición gitana, habitual entre las buñoleras, las fríe en una sartén dispuesta sobre un anafe cuyo fuego aviva una tercera con un baleo o aventador en forma de ruedo de esparto, mientras que otra mujer, también gitana, de pie, sostiene en una mano un plato de loza blanca que se colocará junto al que ya descansa, repleto, en la mesita portátil. En segundo término, tras una balanza para pesar las rosquillas, una mujer pobre sostiene en brazos a su hijo y, al fondo de la calle, como en un mutis, desaparecen dos jóvenes burguesas vestidas con elegancia. Entre las figuras destacan por su belleza los tipos de las buñoleras, con coloristas mantones y vestidos de faralaes.

Las casas situadas a ambos lados de la calle y la del fondo, ya desaparecidas, están representadas con gran minuciosidad, no sólo en lo concerniente a los detalles arquitectónicos sino también a los elementos de carácter más pintoresco, añadidos por el artista, como las plantas y las macetas de flores de los balcones, la palma de Domingo de Ramos, la pajarera, los toldos, el tapiz o alfombra que pende sobre la balaustrada calada de la galería alta de la izquierda y la ropa tendida en la terraza de la derecha. En el conjunto se ve así una fusión de elementos populares y cultos interpretada con acierto por el artista, que consigue caracterizar la gracia y la armonía propias de la ciudad. Los delicados colores de la acuarela hacen más tenues los contrastes entre luz y sombra que son muy intensos en el lienzo.

Javier Barón