Banquete interrumpido
Juan José Gárate Clavero

Banquete interrumpido

s.f.
  • Óleo sobre lienzo

    49 x 78 cm

    CTB.1990.2

  • © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Junto a las escenas puramente taurinas que durante el siglo XIX conocieron en España su mayor proliferación artística, aparecieron pronto cuadros cuya iconografía refleja por separado episodios de la vida de los toreros y situaciones protagonizadas por toros bravos fuera de su contexto, con un marcado carácter anecdótico en ambos casos. De esa segunda vertiente iconográfica quizá el más afortunado fue el titulado ¡Se aguó la fiesta! de Enrique Mélida, obra desaparecida de la colección del Prado que recibió una segunda medalla en la Exposición Nacional de 1876, y cuyo verdadero éxito popular lo atestiguan la multitud de copias y versiones que aparecen de ella con cierta frecuencia en el mercado de arte español.

La idea de que una res brava irrumpa una amena situación de entretenimiento está aparejada siempre, ya en estas creaciones de las últimas décadas del siglo XIX, a la aparición de un gallardo concurrente que hace las veces de improvisado torero y se juega la vida enfrentándose al toro mientras el resto de los aterrorizados asistentes pueden ponerse a salvo. Eso sucede también en este Banquete interrumpido, que representa el momento en que un toro asalta, en efecto, el banquete que tiene lugar en el patio de una hostería a finales del siglo XVIII, época dorada para los aficionados a los toros. Con la minuciosidad preciosista que caracterizó la mayor parte de su producción, en la que abundan escenas amatorias y de ronda protagonizadas más bien por los toreros, Gárate describe minuciosamente el desastre que supone la inesperada llegada del animal a la celebración. Por el fondo y hacia el interior de la posada los asistentes al banquete se apresuran a resguardarse del peligro, corriendo hasta perder sus zapatos y sus sombreros, que dejan abandonados por el camino. Varios majos cargan con sus desmayadas acompañantes femeninas, mientras que las supervivientes a la emoción del peligroso imprevisto, víctimas de un terror desaforado, gritan y se ofuscan con desesperación. Otros personajes, durante su huida, caen al suelo, como el majo que en primer término yace junto a un cesto de naranjas volcado, o el caballero con peluca que también ha caído al suelo de espaldas, junto a la mesa. Pero, lejos de cargarse de dramatismo, el afán desesperado de los protagonistas por encontrar un lugar seguro tiene sobre todo un sentido cómico, visible en detalles como el del hombre que trata de esconderse bajo la endeble mesa del banquete, rodeado por los zapatos de sus acompañantes.

Opuesta a la puntual descripción del desastre, que está detallada con un nítido interés narrativo, al otro lado del lienzo, la silueta ensombrecida del toro aparece recortada en la penumbra del arco de ingreso contra la luz de la pared encalada del fondo. Un mozo trata de detenerlo, arrojando ante él los bancales en los que estaban sentados los comensales. Esa figura torera, gallarda y bien dibujada, sólo encuentra cierta réplica en otro muchacho que, subido ya a una mesa, le anima en sus operaciones defensivas.

En esta composición, con un número de figuras mayor del que suele manejar habitualmente el pintor turolense, desplegó su cuidadosa técnica, muy atenta al estudio de la iluminación y a la descripción de las texturas, con una pincelada prieta y esmerada. Como sucede aquí, Gárate suele captar los aspectos más efectistas del reflejo de la luz sobre las distintas superficies en las que se recrea, hasta pormenorizar numerosos detalles y accesorios que aumentan el carácter decorativo de la pintura.

Carlos G. Navarro